Mostrando entradas con la etiqueta Japón. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Japón. Mostrar todas las entradas

viernes, 11 de enero de 2019

La sexta historia de Kami

Imaginaos un páramo nevado eterno. Un frío tan penetrante que os paraliza. Las pocas fuerzas que os quedan las usáis para intentar salir de ese infierno en el que cada vez sentís menos, pero no hay forma de dejar atrás el frío, el silencio. Cuanto más tiempo pasa, más difícil es avanzar... Y empieza a dar igual, porque estáis dejando de sentir.

Las enfermedades mentales suelen funcionar así, sobre todo la depresión. Desde luego, uno no sale solo de ese desierto blanco donde no parece existir pasado ni, sobre todo, futuro. La prisa de Sika por encontrar a su familia y enseñarle el camino de vuelta a la vida, al tiempo presente, está plenamente justificada.



No es fácil el camino del cuidador, del familiar de un enfermo mental. Acompañar a un ser querido a través de ese vacío nevado implica que él también ha de meterse, al menos un poco, en la nieve. Entender, empatizar. Y eso es horrible. Desgasta, destroza, lleva a veces a pensar que no puedes hacer nada por quien quieres, que todo es inútil.

Ahí es donde entra Kami en esta historia: al acompañar a Sika, cuida al cuidador. Un cuidador solo tiene una cantidad de papeletas abrumadora para acabar quemado, agotado. Si Kami no mira atrás durante la travesía, con sus colas extendidas como un abanico, es para no ver ni dejarse embaucar por esa posibilidad de que salga todo mal; de que, en realidad, toda la energía que están poniendo en salir de allí no sirva. No es la perspectiva que saca a nadie del pozo.

Al final de la historia, aunque Kami haya desarrollado una sexta cola, parte de su pelaje se ha vuelto gris. No se sale indemne de una experiencia vital semejante. En el mejor de los casos, consigues ser más sabio; normalmente es un conocimiento muy poco agradable.

Romantizar algo así es pernicioso y horrible. Horrible. No puedo hacer el suficiente énfasis en lo venenoso que es decir "Pasar por x me hizo más fuerte". Nunca, jamás, agradezcáis las cosas malas que os pasan porque NUNCA son mejores que la alternativa. Obviamente hay gente que necesita pegarse un tortazo contra el suelo para adquirir perspectiva, pero lo deseable en ese caso es que adquiera la perspectiva sin caerse. El problema de la gente que no sabe ponerse en el lugar del otro es la falta de empatía, no de vara. Adquirir ese ponerse en el lugar del otro a base de vara no soluciona nada.

El volver del invierno a Nara, con sus otros ciervos y su atmósfera vivaz, es volver al presente, a la vida, a la compañía de sus semejantes, al cuidado posterior a la enfermedad. El cuidador también vuelve a los quehaceres que ha dejado de lado por cuidar de un ser querido. Comienza su año nuevo, puede seguir con su vida. La pausa, el invierno silente, termina por fin.


lunes, 7 de enero de 2019

La cuarta historia de Kami

No se habla de la cuarta historia.

La cuarta historia de Kami es la historia que no se cuenta. Aprovechando la asociación tradicional del número cuatro con la mala suerte en Japón, la cuarta historia sirve para introducir el silencio narrativo en la historia y, con él, algo que se le suele olvidar a los adultos: las cosas que no se saben. 



¿Os acordáis? Cuando tenías cinco, siete, diez años y había cosas que no os contaban. Las respuestas evasivas, los cambios de tema. Según la familia, podían evitarse las conversaciones sobre sexo, muerte, asuntos del pasado o el presente que el niño "no va a entender". Todos hemos crecido asumiendo esos huecos como parte de la vida. Sabiendo que, en algún momento, el hueco se va a llenar.

Hay un hueco especialmente doloroso que termina llenándose siempre: el de la muerte. Es el hueco que, cuando se llena, lo hace precisamente de vacío. Por mucho incluso que te expliquen, no entiendes hasta que no te pasa. La marcha de un ser querido, el que te arrebaten una parte de tu vida dejándote sin respiración... Eso no se termina de entender en la teoría. El cielo o las estrellas no explican la ausencia, no sirven de consuelo. No hay palabras para expresarlos.

No se habla de la cuarta historia.

Precisamente es la pronunciación del número cuatro en japonés, muy similar a la de la palabra "muerte", la que ha llevado a que sea considerado de mala suerte. ¿Qué pasa, entonces, con la cuarta historia? ¿Dónde ha estado, qué le ha pasado a Kami? Quizá, por mucho que lo intentara, es una de esas cosa que Ezo, inocente y joven, no puede entender hasta que no la viva. Ezo asume ese hueco con naturalidad, en su juventud; nosotros, los adultos de la era de la información, estamos muy acostumbrados a obtener siempre respuestas, a que la ciencia nos dé una explicación para todo. La cuarta historia debe ser incómoda, dejarle al lector una sensación de vacío: ante lo que no se conoce, como se siente ante todos los momentos que dejas de poder vivir con las personas que fallecen, que nos arrebatan.

Vivimos como si no nos fuéramos a morir. Sabemos que es lo que nos aguarda a todos al acabar el camino, al final de nuestro viaje legendario por la vida, y lo ignoramos convenientemente precisamente para poder vivir la vida en su plenitud. La cuarta historia de Kami encapsula esta paradoja. Con un párrafo breve, sobre un fondo oscuro y ligeramente onminoso, Kami salta a la quinta histora, a hablarle a Ezo de amor, pasando a vuelpluma sobre la terrible certidumbre del final, como hacemos todos cada día. Habiendo una vida plena, llena de flores y color, regodearnos en la grisura del momento inevitable no parece tener sentido; quien no lo ha vivido no puede entenderlo del todo, quien ha pasado por ello desearía poder ahorrárselo a aquellos a los que ama. No, no hay forma de transmitirlo. No hay palabras.

No se habla de la cuarta historia.


sábado, 15 de diciembre de 2018

La quinta historia de Kami

Se ha quedado un día estupendo para hablar de la quinta historia.

Es mi preferida, porque habla de amor. Creo que esto va a estar sembrado de spoilers de Kami y las nueve colas, así que seguid leyendo bajo vuestra responsabilidad. A continuación, una ilustración así enorme para evitar que nadie se trague ninguno por accidente.



¿Ya? Bueno, pues hablemos de amor.

Vamos a remontarnos un poco en el tiempo. Os recomiendo que repaséis esta entrada llamada Mono no Aware, en la que comento cómo Jesús despertó en mí la fascinación por la cultura nipona. Considero que una de las facetas imprescindibles del amor es compartir y compartir implica, obviamente, comunicación.

No es una idea nueva en mi obra. Ya en La suerte del Dios Hambriento queda bien claro:



Esta quinta historia crece sobre esta idea: el amor es comunicación. Nuestro pequeño cerezo está demasiado lejos del ciruelo como para hablar con él, y... Tampoco se atreve. ¿Y si el ciruelo no siente lo mismo? Al principio del relato, el cerezo prefiere la esperanza a arriesgarse a una certeza que puede que no le guste. Es el mismo fondo del no intentarlo del todo por si fracasas de Ezo del que hablábamos en la primera entrada sobre Kami.

No, no es casualidad que los personajes llamados Ezo y cerezo breguen con el mismo problema.

Kami se convierte, en esta historia, en el canal de comunicación entre el cerezo y el ciruelo. A través de la ardilla, crece su amor: crecen las ramas del uno hacia el otro hasta entrelazarse. Cuanto más se desarrolla este ramaje, más fácil le es a Kami saltar de uno al otro, mejor fluye la comunicación. Se crea, al final, un arco de ramas entretejidas, en el que juntos han creado algo precioso, sin perder ninguno el color de sus flores ni su identidad. Quienes se acercan a verlos comparten la alegría que produce esta belleza, porque al final donde hay amor hay un hechizo de área de gozo.



Valerme de árboles para hablar sobre amor tampoco es casual. Como los árboles no tienen gónadas, cualquiera puede ponerse en su corteza, sin importar cuántas X o Y lleven en la combinación de cromosomas ni lo que ponga en el DNI.

Y es que lo único realmente necesario para que el amor florezca así es la comunicación, el conocerse; compartir, crecer juntos. A mí, desde luego, me parece magia.

Bonus track: la base musical de esta historia y su inspiración directa es esta versión de la canción tradicional japonesa Sakura. Tomad magia.

miércoles, 28 de noviembre de 2018

Kami y las nueve colas

No sabéis el tiempo que llevo deseando poder escribir esta entrada.



Hace exactamente una semana se puso a la venta Kami y las nueve colas. Es un álbum ilustrado en el que la parte plástica corre al cargo de Zuzanna Celej y la edición es cosa de Pastel de Luna. La historia, obviamente, es mía.

Es un libro muy especial.

Permitidme que os deje aquí cómo empieza:


 He sido Ezo mucho tiempo. Todo aquel que se las ha visto con el síndrome del impostor sabe bien por qué Ezo se esconde y también reconocerá lo que pasa a continuación.



Aunque estemos hechos para volar, no podemos hacerlo con los ojos cerrados y las patas encogidas. Las consecuencias de intentar las cosas a medias (quizá, como una forma de protección: si lo intentas a medias y fracasas, siempre te queda el consuelo de no haberlo intentado "bien", de saber dónde está la causa del fracaso... El miedo a no conseguirlo después de haber puesto lo mejor de uno es un obstáculo enorme) pueden ser nefastas.


Así es como Ezo conoce a Kami: al caer sobre ella al intentar volar. Imaginaos envueltos en la vergüenza de haber caído sobre una ardilla y descubrir que tiene nueve colas. Sí, nueve colas. Como los kitsune. Kami no es un zorro, pero eso no importa. ¿Cómo se gana uno cada una de ellas? ¿Qué pasa en todo ese tiempo durante el cual uno se hace viejo y sabio para desarrollar esta última cualidad?



Eso es lo que se imagina y explora en este álbum. A través del Japón mítico y legendario, bebiendo de los cuentos tradicionales (La grulla tejedora), de supersticiones ancestrales (no se habla de la cuarta historia); explorando lugares emblemáticos (Nara, el monte Fuji, el santuario de Ise) y codeándose con criaturas sobrenaturales (la Yukionna, los siete dioses de la fortuna), Kami crece y aprende, en busca de la mano anónima que una vez le prestó ayuda.

La empatía, la compasión y la paciencia son las fortalezas de Kami, los vientos que guían su viaje en busca de su Ítaca particular, haciendo de su periplo uno largo, al final del cual haya dejado un mundo mejor que el que encontró al nacer. Detenerse para ayudar, para escuchar y para acompañar vertebra la aventura, una en la que no hay antagonistas ni enemigos malvados, en la que no hay que luchar contra quien quiere hacerte daño sino simplemente con los propios miedos, con la enfermedad, con los imprevistos... Quizá sea este el aspecto más mítico y legendario de toda la historia: en este viaje no hay que enfrentarse a la maldad, sino a las complicaciones que ya vienen con la vida, que no son pocas.



Explicitar todo esto a los primeros lectores no es necesario. Los más sensibles lo intuirán y lo verán claro al volver al libro, años despues. Los que se queden con las aventuras de la ardilla que no tiene miedo ni frío ni hambre quizá se sorprendan cuando regresen a sus páginas en el futuro, si es que regresan, cosa que no siempre es necesaria. Como mínimo, todos se llevarán una pincelada de mitología japonesa y un soplo lírico, un picorcillo de la emoción de viajar y una semillita de curiosidad.

Ya hablaré en profundidad de cada una de las historias; sobre todo, de la quinta (que habla de amor y es mi favorita) y de la sexta (la más oscura). También de cómo nació y qué la inspiró. Por ahora sólo quiero regodearme en el hecho de que esta historia ha llegado a las librerías y en que las ardillas míticas han comenzado su travesía sin miedo, ni frío. Hambre sí, seguro que tienen, pero eso se soluciona con mucho salmón.

domingo, 6 de mayo de 2018

De nanas, arrullos y melodías

Aquí en el terruño se celebra hoy el día de la madre. Nosotros, que como humanos nos hemos liberado del yugo de la biología, sabemos que ser madre no se restringe a gestar descendencia. La maternidad es otra cosa: es cuidado, preocupación, inversión de tiempo, amor.

 

Tengo la opinión impopular de que va siendo hora de aunar el día del padre y de la madre en el mismo y dejarnos de zarandajas asociadas a tradiciones religiosas o al tipo de gónada que gasta quien cuida, se preocupa y ama a su progenie, pero supongo que ya llegará.

Como hace 150 años que comenzaron las relaciones diplomáticas entre España y Japón, me apetece hablar un poco a vuelapluma de canciones de cuna niponas hoy. Admitámoslo: gran parte de lo que es cuidar a una criaturita indefensa es conseguir que se duerma. Y que coma, pero para eso suelen usarse onomatopeyas de aeronaves, no música.



Itsuki no Komoriuta. Es una nana tradicional de la ciudad de Itsuki, en la isla de Kyushu. Tiene una melodía preciosa y, como buena canción tradicional, en cada casa se canta de una forma. Se supone que se "redescubrió" en los años treinta, después de haber caído en desuso, pero a lo que vamos aquí es a la letra de la versión moderna: viene a ser un lamento terrible de la nodriza/niñera que cuida de los hijos de quienes son más ricos que ella, lejos de su familia, hasta que lleguen los festivales de verano. Cual personaje de Dickens, se lamenta de que no es más que una mendiga harapienta por la que nadie llorará cuando muera, deseando que cuando fallezca la entierren junto al camino para que los viajeros puedan dejar camelias sobre su tumba.
Que sí, que es una nana.



Takeda no Komoriuta. Esta es otra nana preciosa que va de lo mismo, aunque la letra es un poco menos desesperada. El exilio por motivos económicos, la nostalgia del hogar... Cualquiera que haya estado fregando suelos lejos de su casa puede sentirse identificado. Me sorprende/choca un poco, una vez más, que sea una nana.

Me voy a poner un poco mística aquí: supongo que los bebés, que no son verbales, sienten al escucharlas lo mismo que un occidental que no habla ni una palabra de japonés. Yo, desde luego, al escucharlas por primera vez me quedé prendada por la belleza de la melodía y nada más. Luego buscas traducciones y se te cae el alma a los pies: es un poco el proceso de "crecer". Es como la vida, que te deslumbra con sus colores en la infancia y, según la vas entendiendo, descubres el lado oscuro y doloroso que se imbrica con su belleza. Quizá este tipo de nana sea un aprendizaje, o incluso una metáfora vital involuntaria.





 Canción de Tanabata. No sé si es una nana, canónicamente, pero su melodía (y, esta vez, su letra) invitan a acurrucarse en un regazo protector y dormirse mirando las estrellas. Además, va de Tanabata, que es una historia a la que estoy especialmente unida.

Cantad a esas pequeñas criaturitas indefensas que criáis. Aunque no tengáis oído, eso da igual: es una voz de la seguridad dedicando su tiempo y mimo, y eso se siente perfectamente. Ya habrá tiempo de que crezcan y no quieran estar en brazos. Además, las rutinas para dormir se convierten en un momento mágico para crear vínculos: nanas, cuentos, abrazos. Crear recuerdos bonitos con vuestra progenie y progenitores es el mejor regalo que os podéis hacer.

viernes, 7 de julio de 2017

Tanabata

Esta fue una de las leyendas del apartado Historias de amor bajo el cielo estrellado del Ciclo de Cuentos Nipones que hice en la Biblioteca de Castilla-La Mancha. Es uno de mis cuentos preferidos, por todo lo que refleja.



Orihime, tejedora, vive portándose bien en el cielo, cumpliendo con sus obligaciones a orillas del río Amanogawa (que aquí abajo conocemos como la Vía Láctea). Su padre, el Rey Celestial, está muy orgulloso del trabajo de su hija. Las versiones difieren en la forma en que la abnegada Orihime conoce a Hikoboshi, un pastor de bueyes que vive al otro lado del río, pero el caso es que se enamoran y se casan.

Se quieren, pasan tiempo juntos, comparten. Orihime presta menos atención a sus tejidos y Hikoboshi le hace tan poco caso a sus bueyes que acaban desperdigados por el cielo y, suponemos, causando un caos bastante interesante. El Rey Celestial, que tiene muy poca empatía para resolver conflictos, decide solucionarlo separándolos para siempre y condenándolos a que no se vean más.

Supongo que luego se iría a dormir a su casa celestial tan feliz.

Orihime va a ver a su padre y le suplica volver a ver a su marido. El Rey Celestial se conmueve (un poquito) y les concede la generosa oportunidad de verse una vez al año, el séptimo día del séptimo mes. Cuando llega el día, el matrimonio comprueba que no hay ningún puente para cruzar el río Amanogawa, así que... No pueden abrazarse.

La tejedora llora tanto que viene una bandada de grullas a ayudarla, construyendo un puente con sus alas para que pueda cruzar.



Las grullas prometen volver cada año, siempre y cuando no llueva. Warwick Goble, el pobre, no había visto una grulla en su vida, pero no importa: la ilustración es preciosa así.

Orihime y Hikoboshi, Vega y Altair, esperando todo un año para volver a encontrarse. Es otro amor verdadero, inmenso y claro, con una circunstancia adversa en forma de poder fáctico despótico a pesar del cual encuentran una forma de verse.

La pieza musical más hermosa que he escuchado para esta historia está en el disco Mono no Aware de Jesús Díez. Uno puede oír a las estrellas resonando al final de la canción.

https://www.jesus-diez.com/?wix-music-comp-id=icymwsnp&wix-music-track-id=5848439787094016

 
Un deseo final para todos los que se aman: que nunca llueva vuestro séptimo día de vuestro séptimo mes.

jueves, 2 de marzo de 2017

El último viaje


Es bastante llamativo que la humanidad, en todo el globo, se haya esforzado en construir un lugar donde los muertos puedan pasar la eternidad en condiciones más o menos deplorables. Este afán de imaginar y creer, de dar respuesta a esa pregunta terrible que es la muerte, es una constante en todas las religiones y sociedades que los bípedos pensantes han desarrollado. 

Una de las cosas que mejor hacemos los humanos es contarnos historias. Actúan como bálsamo, como consuelo un tanto parco ante una cuestión tan angustiosa como es la pérdida.


Izanagi y Orfeo: la impaciencia mató la esperanza

En el folclore japonés, según la tradición sintoísta, el mundo fue creado por Izanami e Izanagi. La primera muere de forma trágica -dando a luz al Kami de fuego- y su pérdida afecta, lógicamente, a Izanagi. 

¿Dónde va Izanami?

Su condición de diosa creadora no puede protegerla y acaba morando en el Yomi, una suerte de infierno gris y baldío donde no importa qué clase de vida llevaras mientras estabas vivo. Donde otros sistemas de creencias se han esforzado en proyectar una esperanza -pórtate bien e irás al cielo, destripa muchos enemigos y acabarás en el Valhalla- el sintoísmo no nos ofrece recompensas por "portarnos bien". Pudiera parecernos lógico que esto llevase a una cierta desidia vital, una carta blanca para alejarnos de lo correcto. Sin embargo, le da a lo correcto otra dimensión, un valor, un fin en sí mismo, en vez de degradarlo a un medio para conseguir un premio. 

Izanagi no se resigna y va a buscar a Izanami.



Eurídice, la amada de Orfeo, también muere en circunstancias trágicas. Él, desgarrado por el dolor de su pérdida, se adentra en los submundos grecolatinos armado con su lira dispuesto a suplicar por la vida de Eurídice. Ríos, lagos y regiones bien diferenciadas componen los infiernos griegos: hay un cierto manual de instrucciones para hacerles la "vida" más fácil a los difuntos en su nuevo plano de existencia.

Sorteando todos los obstáculos -lo normal en estos casos: perros gigantes de tres cabezas, tormentas, barqueros inflexibles- Orfeo llega ante Hades y Perséfone y canta, consiguiendo que atiendan su petición. Como los dioses griegos tienen una cierta tendencia a retorcer lo que podría ser simple y a inventarse reglas sobre la marcha, le prometen que Eurídice volverá con él, que lo seguirá en el camino al mundo de los vivos, si él cumple con una pequeña condición de nada.

Hasta los píxeles se inventarion en la Antigüedad.


Cuando Izanagi encuentra a Izanami, ésta le comunica que ya ha tomado el alimento del inframundo y que la única esperanza ahora es intentar convencer a los gobernantes de Yomi para que la dejen marchar. Mientras, Izanagi debe esperar. Izanami insiste en que no debe mirar dentro de la estancia donde se retira a tal efecto.

Las instrucciones que recibe Orfeo son similares: no debe mirar atrás durante el viaje de vuelta. Eurídice le seguirá pero él no puede volverse a comprobarlo hasta que el sol de los vivos la bañe por completo.

Este "no mirar" es terreno fértil para la interpretación. ¿Qué metáfora velada guarda? ¿Qué nos dice, sin decirlo, sobre la muerte? El "no mirar" se disfraza de paciencia y de esperanza. Cual gato de Schrödinger, Izanami va a volver y no va a volver; Eurídice camina tras Orfeo y a la vez no camina. Vivas y muertas a la vez. Todos los humanos somos condenados a muerte en potencia -hasta que la tecnología permita lo contrario- y la incapacidad de gestionar la incertidumbre existencial del cuándo y el cómo es un motivo de desesperación que no pasa de moda.

Izanagi se impacienta y se asoma. Contempla el verdadero aspecto de Izanami muerta, lo cual la enfurece: es ella misma quien descarga su ira sobre él y lo persigue hasta los confines de la tierra de los muertos. La impaciencia de Izanagi y el orgullo de Izanami crean una enemistad mortal entre ambos: roto el matrimonio, Izanami se dedicará, a partir de entonces y hasta que acabe el tiempo, a matar a los hijos de Izanagi, que promete hacer nacer a muchos más de los que ella reclame. 

Orfeo, al final de un penoso camino en el que aguanta sin mirar atrás, finalmente se vuelve. Es una sensación semejante a la de que te mate un final boss cuando le queda un punto de vida. Eurídice se deshace en polvo y Orfeo se entrega a la desesperación.

¿Es imposible triunfar sobre la muerte?


Lúthien: el triunfo de la mitología moderna

J.R.R. Tolkien, cuyo centésimo vigésimo quinto cumpleaños se habría celebrado el pasado tres de enero, es posiblemente el creador de la mitología moderna más completa y profunda. Se echó a la espalda el trabajo que lleva a cabo una sociedad entera durante siglos y salió airoso. Un análisis a su trabajo en la elaboración de mitos revela cómo luchó contra las incoherencias internas de su mundo, contra las distintas versiones escritas y reescritas, exactamente iguales que las que podemos encontrarnos en la mitología grecolatina, por ejemplo.

En un sistema tan complejo no podía faltar la reflexión sobre la muerte. Con respecto a los Hombres, Tolkien no revela qué les aguarda exactamente tras la muerte, sólo que su destino es diferente al de los Elfos y habrá que esperar al final de los tiempos para ver qué pasa (muerte, incertidumbre, secreto, paciencia).
 
El viaje de los vivos al lugar donde habitan los difuntos lo protagoniza, en este caso, Lúthien. Este personaje lleva detrás un historial de no arredrarse ante nada y buscar la forma de salirse con la suya, no importa el peligro al que quede expuesta. Tras la muerte de Beren, su amado, decide ir a negociar con Mandos -que guarda las estancias de los difuntos- para conseguir que el mortal vuelva a la vida.

Igual que Orfeo con Hades, Lúthien canta ante Mandos. Por primera y última vez, él se conmueve y busca una solución. Consulta a Manwë (el primus inter pares de su panteón, sólo por debajo de Ilúvatar, el creador) y presentan a Lúthien una elección: vivir para siempre en las Tierras Imperecederas, sin Beren, o regresar a las tierras mortales con él, como mortal, compartiendo ambos el destino de los Hombres.

Lúthien elige. 

 Es uno de los personajes cumbre del siglo XX.

A diferencia del mensaje descorazonador de la historia de Orfeo o del desastre que causa Izanagi, el regusto que deja la hazaña de Lúthien no tiene notas de desesperación. Gestiona la certeza de la muerte desde una perspectiva más madura, centrándose más en aprovechar la vida que en temer su final. Lúthien elige vivir en lugar del duelo eterno. Ayuda bastante que no haya "trampas" en la elección que le presentan los seres superiores.

Seguimos contándonos historias. Seguimos viviendo como si no nos fuéramos a morir y enfrentarnos a esa certeza es la ordalía principal. El querer vivir para siempre no debe impedir vivir ahora. A estas alturas, como dijo Kavafis, sin duda sabremos qué significan las Ítacas.

lunes, 13 de febrero de 2017

De hadas, oni y misterio legendario

Hay un cuento (o leyenda, o historia, o narración) japonés que fue, sin duda, la estrella del cuentacuentos infantil que hice en su momento. 

Habla de un señor con una verruga muy fea (o un lunar, o un forúnculo, o cualquier otra excrecencia) en la cara que se topa con una tormenta y una tropa de oni (llamémoslos ogros, seres sobrenaturales en cualquier caso) que empiezan a bailar y a los que se une, sin poder resistirse. Los oni disfrutan tanto con sus pasos que le piden que vuelva a la noche siguiente y se quedan la verruga/lunar/forúnculo en prenda para asegurarse de que sea así. El hombre vuelve a casa y le cuenta la historia a su mujer y ésta, a su vez, a su vecina. La vecina, cuyo marido tiene también un regalito divino en la cara, se lo transmite y este va en busca de los onis, que no distinguen un humano de otro y se creen que es el anterior, hace un baile penoso, y los onis no quieren verlo más, así que le "devuelven" el forúnculo, con lo cual vuelve con doble gracia a su casa. 

Son unos bichos preciosos.


Es una historia tremenda. Te enseña que nunca sabes cómo vas a salir airoso de una situación y que lo que le funciona a otras personas a ti no tiene por qué irte bien (hola, progenitores del mundo empeñados en que sus niños sean/hangan x). Y, cuando se la cuentas a los críos, da muchísimo juego: bailar como un ogro y hacer un poco el cafre es una de las aficiones preferidas de los cachorros de todas las edades. 

Hace unos días me topé con esta leyenda, que parece ser oriunda del sur de Irlanda. Es la misma leyenda de los oni, "irlandizada": con jorobas en vez de con verrugas y con hadas en lugar de oni, pero mantiene exactamente lo mismo. Incluso lo de volverse con dos regalitos por el precio de uno. 

 Ven, que te concedo un don...

Me llamó muchísimo la atención, dado que Japón e Irlanda nunca se han caracterizado por sus estrechas relaciones folclóricas. Los antropólogos o etnólogos o quien sea que se dedique a estudiar estas cosas igual están más acostumbrados a encontrarse la misma historia en lugares tan alejados geográfica y culturalmente. ¿Una leyenda deriva de otra leyenda? ¿Cómo? ¿Ambas nacen de una leyenda común, a medio camino, en Eurasia? ¿Es un esquema narrativo que nació espontáneamente en ambas culturas? 

Los cuentos están vivos. Nos dan forma y les damos forma. De alguna forma, se las apañan para estar llenos de misterio, aunque no versen sobre él.

lunes, 9 de enero de 2017

Mono no aware

 Cosas bonitas que ha dado Japón: grabados.

Hace cosa de una década (qué vértigo da pensarlo, madre mía) a mí el rollo niponófilo me daba bastante cosica. Partamos de que me crié con los animes que echaban en las recién nacidas Antena 3 y Tele 5 (cuando el simbolito de esta última era una especie de flor, parecida a la galleta del surtido Cuétara que nadie se come) y Chicho Terremoto me daba un asco que no puede transmitirse con medios mortales. También, por aquella época, echaban Humor Amarillo. Que sí, que era muy divertido, pero mi primer contacto con lo japonés me dejó con la idea de que eran una panda de colgaos masocas y pervertidos que sólo habían dado una cosa buena: los Caballeros del Zodíaco.

Moraleja: exponed a cosas a los niños, que si no crecen perdiéndoselas.

Fundido en negro. Saltemos un par de lustros adelante. En mi adolescencia, después de tragarme Bola de Dragón entera y algún que otro anime de esos de palos parlantes o de coña como Ranma o Reena y Gaudy, descubrí cuál era mi problema con ese tipo de animación: no se toman en serio a sí mismos. Carecían de solemnidad. Me molestaba personalmente que se lo tomasen todo a coña.


Mi exposición a la cultura japonesa, basada en lo que echaban por la tele, me predispuso a mirar con una ceja enarcada a las personas humanas que me encontrase y manifestase algo tipo "a mí es que me fascina Japón". O-key. 

Moraleja: si tenéis niños/adolescentes cerca, EXPONEDLOS A COSAS.

Un día probé el sushi y flipé pepinillos. Bueno, flipé salmón con salsa de soja, pero bueno. La comida me quitó algo de recelo y me hizo darme cuenta de que, como mínimo, había cosas de Japón que no sabía. Tampoco hice mucha intención de acercarme a la parte de su cultura que no se masticaba. Otro mazazo gordo a mis prejuicios lo supuso ver La Princesa Mononoke. Eso sí que fue algo de ojiplacitez.

Una historia solemne. Una historia que se alejaba de lo grotesco. No había coñas. Había magia, y monstruos, y un bosque, y malos con chicha, y unos bichos en el bosque que...

KODAMAS.

Quisieron los hados que poco después entrase en mi vida Jesús. Fue la primera persona que me habló de Japón y con la que, a media conversación, no me encontré enarcando la ceja, sino intrigada. Me mostró la faceta de Japón que nunca había llegado a mí: la tradición, la poesía, la melancolía. Mira que yo ya llevaba un cuarto de siglo largo en esta tierra y nadie antes me había contado Japón de forma que se me despertase el gusanillo.* Y qué gusanillo.

Valga esta entrada como agradecimiento para Jesús por abrirme la puerta a un mundo que me ha llenado de felicidad. Él es la razón última por la que acabé desarrollando el Ciclo de Cuentos Nipones, y también quien propició que me acercase al folclore japonés en busca de todo lo que atesora. Las personas así hacen que el mundo sea un lugar mejor.

Fundido en negro. Dejamos de hablar de mi experiencia para pasar a la vuestra, oh inocentes lectores que no sabéis lo que viene a continuación.

Jesús Díez, la misma persona que me trajo -además de otra infinitez de cosas que no hay palabras para expresar y que, de haberlas, no cabrían en todo internet- la fascinación por la cultura nipona ha compuesto un disco que os la va a traer a vosotros, si no la sentís ya.

Voy a empezar con dos palabras: Japón y Metal. 



El disco se llama Mono no aware, un concepto tan triste como precioso. Como el mismo Jesús explica perfectamente:

Mono no Aware brings powerful symphonic metal 
together with Japanese traditional instruments
in a unique and thrilling musical journey 
through the melancholic fleeting beauty of existence.

¿Qué vais a encontrar en él? Una diosa de gran poder y belleza. A don Quijote de la Mancha. La preciosa historia del amor de Tanabata. La hermosa semblanza de los cerezos. Estrellas. Ímpetu creativo. Mil grullas de papel y esperanza más allá del miedo. Le hace a la música lo que Tolkien le hacía a la poesía: convertirla en un universo.

Cuando me encuentre capaz, escribiré en condiciones sobre el disco. Mientras, escuchadlo. Dejad que os descubra un universo nuevo, como hizo conmigo, y disfutad de un mundo mejor.




*Gusanillo en este contexto implica un bicho del tamaño de Smaug.

martes, 18 de noviembre de 2014

Cuentos japoneses de fantasmas

Este jueves los cuentos se desarrollan en el ámbito sobrentural, imbricándose en lo cotidiano dándole a las historias un cariz aún más terrorífico: no hace falta adentrarse en parajes abandonados ni en bosques oscuros para que los fantasmas te encuentren.

En Kinumé, por ejemplo, el protagonista es el miedo a la muerte. Un terror universal, que ha hecho ascender religiones, creencias y supersticiones, tratado en este cuento tradicional de forma diferente. Es curioso cómo se intenta, alrededor del globo, engañar a la muerte ya sea mediante juegos o súplicas.

Es importante mantener la palabra dada, como veremos en La mujer de nieve. Tanto en este cuento como en Los amantes nocturnos los seres sobrenaturales se pasean entre los humanos, pasando más o menos desapercibidos.