Imaginaos un páramo nevado eterno. Un frío tan penetrante que os paraliza. Las pocas fuerzas que os quedan las usáis para intentar salir de ese infierno en el que cada vez sentís menos, pero no hay forma de dejar atrás el frío, el silencio. Cuanto más tiempo pasa, más difícil es avanzar... Y empieza a dar igual, porque estáis dejando de sentir.
Las enfermedades mentales suelen funcionar así, sobre todo la depresión. Desde luego, uno no sale solo de ese desierto blanco donde no parece existir pasado ni, sobre todo, futuro. La prisa de Sika por encontrar a su familia y enseñarle el camino de vuelta a la vida, al tiempo presente, está plenamente justificada.
No es fácil el camino del cuidador, del familiar de un enfermo mental. Acompañar a un ser querido a través de ese vacío nevado implica que él también ha de meterse, al menos un poco, en la nieve. Entender, empatizar. Y eso es horrible. Desgasta, destroza, lleva a veces a pensar que no puedes hacer nada por quien quieres, que todo es inútil.
Ahí es donde entra Kami en esta historia: al acompañar a Sika, cuida al cuidador. Un cuidador solo tiene una cantidad de papeletas abrumadora para acabar quemado, agotado. Si Kami no mira atrás durante la travesía, con sus colas extendidas como un abanico, es para no ver ni dejarse embaucar por esa posibilidad de que salga todo mal; de que, en realidad, toda la energía que están poniendo en salir de allí no sirva. No es la perspectiva que saca a nadie del pozo.
Al final de la historia, aunque Kami haya desarrollado una sexta cola, parte de su pelaje se ha vuelto gris. No se sale indemne de una experiencia vital semejante. En el mejor de los casos, consigues ser más sabio; normalmente es un conocimiento muy poco agradable.
Romantizar algo así es pernicioso y horrible. Horrible. No puedo hacer el suficiente énfasis en lo venenoso que es decir "Pasar por x me hizo más fuerte". Nunca, jamás, agradezcáis las cosas malas que os pasan porque NUNCA son mejores que la alternativa. Obviamente hay gente que necesita pegarse un tortazo contra el suelo para adquirir perspectiva, pero lo deseable en ese caso es que adquiera la perspectiva sin caerse. El problema de la gente que no sabe ponerse en el lugar del otro es la falta de empatía, no de vara. Adquirir ese ponerse en el lugar del otro a base de vara no soluciona nada.
El volver del invierno a Nara, con sus otros ciervos y su atmósfera vivaz, es volver al presente, a la vida, a la compañía de sus semejantes, al cuidado posterior a la enfermedad. El cuidador también vuelve a los quehaceres que ha dejado de lado por cuidar de un ser querido. Comienza su año nuevo, puede seguir con su vida. La pausa, el invierno silente, termina por fin.
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viernes, 11 de enero de 2019
lunes, 7 de enero de 2019
La cuarta historia de Kami
No se habla de la cuarta historia.
La cuarta historia de Kami es la historia que no se cuenta. Aprovechando la asociación tradicional del número cuatro con la mala suerte en Japón, la cuarta historia sirve para introducir el silencio narrativo en la historia y, con él, algo que se le suele olvidar a los adultos: las cosas que no se saben.
¿Os acordáis? Cuando tenías cinco, siete, diez años y había cosas que no os contaban. Las respuestas evasivas, los cambios de tema. Según la familia, podían evitarse las conversaciones sobre sexo, muerte, asuntos del pasado o el presente que el niño "no va a entender". Todos hemos crecido asumiendo esos huecos como parte de la vida. Sabiendo que, en algún momento, el hueco se va a llenar.
Hay un hueco especialmente doloroso que termina llenándose siempre: el de la muerte. Es el hueco que, cuando se llena, lo hace precisamente de vacío. Por mucho incluso que te expliquen, no entiendes hasta que no te pasa. La marcha de un ser querido, el que te arrebaten una parte de tu vida dejándote sin respiración... Eso no se termina de entender en la teoría. El cielo o las estrellas no explican la ausencia, no sirven de consuelo. No hay palabras para expresarlos.
No se habla de la cuarta historia.
Precisamente es la pronunciación del número cuatro en japonés, muy similar a la de la palabra "muerte", la que ha llevado a que sea considerado de mala suerte. ¿Qué pasa, entonces, con la cuarta historia? ¿Dónde ha estado, qué le ha pasado a Kami? Quizá, por mucho que lo intentara, es una de esas cosa que Ezo, inocente y joven, no puede entender hasta que no la viva. Ezo asume ese hueco con naturalidad, en su juventud; nosotros, los adultos de la era de la información, estamos muy acostumbrados a obtener siempre respuestas, a que la ciencia nos dé una explicación para todo. La cuarta historia debe ser incómoda, dejarle al lector una sensación de vacío: ante lo que no se conoce, como se siente ante todos los momentos que dejas de poder vivir con las personas que fallecen, que nos arrebatan.
Vivimos como si no nos fuéramos a morir. Sabemos que es lo que nos aguarda a todos al acabar el camino, al final de nuestro viaje legendario por la vida, y lo ignoramos convenientemente precisamente para poder vivir la vida en su plenitud. La cuarta historia de Kami encapsula esta paradoja. Con un párrafo breve, sobre un fondo oscuro y ligeramente onminoso, Kami salta a la quinta histora, a hablarle a Ezo de amor, pasando a vuelpluma sobre la terrible certidumbre del final, como hacemos todos cada día. Habiendo una vida plena, llena de flores y color, regodearnos en la grisura del momento inevitable no parece tener sentido; quien no lo ha vivido no puede entenderlo del todo, quien ha pasado por ello desearía poder ahorrárselo a aquellos a los que ama. No, no hay forma de transmitirlo. No hay palabras.
No se habla de la cuarta historia.
La cuarta historia de Kami es la historia que no se cuenta. Aprovechando la asociación tradicional del número cuatro con la mala suerte en Japón, la cuarta historia sirve para introducir el silencio narrativo en la historia y, con él, algo que se le suele olvidar a los adultos: las cosas que no se saben.
¿Os acordáis? Cuando tenías cinco, siete, diez años y había cosas que no os contaban. Las respuestas evasivas, los cambios de tema. Según la familia, podían evitarse las conversaciones sobre sexo, muerte, asuntos del pasado o el presente que el niño "no va a entender". Todos hemos crecido asumiendo esos huecos como parte de la vida. Sabiendo que, en algún momento, el hueco se va a llenar.
Hay un hueco especialmente doloroso que termina llenándose siempre: el de la muerte. Es el hueco que, cuando se llena, lo hace precisamente de vacío. Por mucho incluso que te expliquen, no entiendes hasta que no te pasa. La marcha de un ser querido, el que te arrebaten una parte de tu vida dejándote sin respiración... Eso no se termina de entender en la teoría. El cielo o las estrellas no explican la ausencia, no sirven de consuelo. No hay palabras para expresarlos.
No se habla de la cuarta historia.
Precisamente es la pronunciación del número cuatro en japonés, muy similar a la de la palabra "muerte", la que ha llevado a que sea considerado de mala suerte. ¿Qué pasa, entonces, con la cuarta historia? ¿Dónde ha estado, qué le ha pasado a Kami? Quizá, por mucho que lo intentara, es una de esas cosa que Ezo, inocente y joven, no puede entender hasta que no la viva. Ezo asume ese hueco con naturalidad, en su juventud; nosotros, los adultos de la era de la información, estamos muy acostumbrados a obtener siempre respuestas, a que la ciencia nos dé una explicación para todo. La cuarta historia debe ser incómoda, dejarle al lector una sensación de vacío: ante lo que no se conoce, como se siente ante todos los momentos que dejas de poder vivir con las personas que fallecen, que nos arrebatan.
Vivimos como si no nos fuéramos a morir. Sabemos que es lo que nos aguarda a todos al acabar el camino, al final de nuestro viaje legendario por la vida, y lo ignoramos convenientemente precisamente para poder vivir la vida en su plenitud. La cuarta historia de Kami encapsula esta paradoja. Con un párrafo breve, sobre un fondo oscuro y ligeramente onminoso, Kami salta a la quinta histora, a hablarle a Ezo de amor, pasando a vuelpluma sobre la terrible certidumbre del final, como hacemos todos cada día. Habiendo una vida plena, llena de flores y color, regodearnos en la grisura del momento inevitable no parece tener sentido; quien no lo ha vivido no puede entenderlo del todo, quien ha pasado por ello desearía poder ahorrárselo a aquellos a los que ama. No, no hay forma de transmitirlo. No hay palabras.
No se habla de la cuarta historia.
sábado, 15 de diciembre de 2018
La quinta historia de Kami
Se ha quedado un día estupendo para hablar de la quinta historia.
Es mi preferida, porque habla de amor. Creo que esto va a estar sembrado de spoilers de Kami y las nueve colas, así que seguid leyendo bajo vuestra responsabilidad. A continuación, una ilustración así enorme para evitar que nadie se trague ninguno por accidente.
¿Ya? Bueno, pues hablemos de amor.
Vamos a remontarnos un poco en el tiempo. Os recomiendo que repaséis esta entrada llamada Mono no Aware, en la que comento cómo Jesús despertó en mí la fascinación por la cultura nipona. Considero que una de las facetas imprescindibles del amor es compartir y compartir implica, obviamente, comunicación.
No es una idea nueva en mi obra. Ya en La suerte del Dios Hambriento queda bien claro:
Esta quinta historia crece sobre esta idea: el amor es comunicación. Nuestro pequeño cerezo está demasiado lejos del ciruelo como para hablar con él, y... Tampoco se atreve. ¿Y si el ciruelo no siente lo mismo? Al principio del relato, el cerezo prefiere la esperanza a arriesgarse a una certeza que puede que no le guste. Es el mismo fondo del no intentarlo del todo por si fracasas de Ezo del que hablábamos en la primera entrada sobre Kami.
No, no es casualidad que los personajes llamados Ezo y cerezo breguen con el mismo problema.
Kami se convierte, en esta historia, en el canal de comunicación entre el cerezo y el ciruelo. A través de la ardilla, crece su amor: crecen las ramas del uno hacia el otro hasta entrelazarse. Cuanto más se desarrolla este ramaje, más fácil le es a Kami saltar de uno al otro, mejor fluye la comunicación. Se crea, al final, un arco de ramas entretejidas, en el que juntos han creado algo precioso, sin perder ninguno el color de sus flores ni su identidad. Quienes se acercan a verlos comparten la alegría que produce esta belleza, porque al final donde hay amor hay un hechizo de área de gozo.
Valerme de árboles para hablar sobre amor tampoco es casual. Como los árboles no tienen gónadas, cualquiera puede ponerse en su corteza, sin importar cuántas X o Y lleven en la combinación de cromosomas ni lo que ponga en el DNI.
Y es que lo único realmente necesario para que el amor florezca así es la comunicación, el conocerse; compartir, crecer juntos. A mí, desde luego, me parece magia.
Bonus track: la base musical de esta historia y su inspiración directa es esta versión de la canción tradicional japonesa Sakura. Tomad magia.
Es mi preferida, porque habla de amor. Creo que esto va a estar sembrado de spoilers de Kami y las nueve colas, así que seguid leyendo bajo vuestra responsabilidad. A continuación, una ilustración así enorme para evitar que nadie se trague ninguno por accidente.
¿Ya? Bueno, pues hablemos de amor.
Vamos a remontarnos un poco en el tiempo. Os recomiendo que repaséis esta entrada llamada Mono no Aware, en la que comento cómo Jesús despertó en mí la fascinación por la cultura nipona. Considero que una de las facetas imprescindibles del amor es compartir y compartir implica, obviamente, comunicación.
No es una idea nueva en mi obra. Ya en La suerte del Dios Hambriento queda bien claro:
Esta quinta historia crece sobre esta idea: el amor es comunicación. Nuestro pequeño cerezo está demasiado lejos del ciruelo como para hablar con él, y... Tampoco se atreve. ¿Y si el ciruelo no siente lo mismo? Al principio del relato, el cerezo prefiere la esperanza a arriesgarse a una certeza que puede que no le guste. Es el mismo fondo del no intentarlo del todo por si fracasas de Ezo del que hablábamos en la primera entrada sobre Kami.
No, no es casualidad que los personajes llamados Ezo y cerezo breguen con el mismo problema.
Kami se convierte, en esta historia, en el canal de comunicación entre el cerezo y el ciruelo. A través de la ardilla, crece su amor: crecen las ramas del uno hacia el otro hasta entrelazarse. Cuanto más se desarrolla este ramaje, más fácil le es a Kami saltar de uno al otro, mejor fluye la comunicación. Se crea, al final, un arco de ramas entretejidas, en el que juntos han creado algo precioso, sin perder ninguno el color de sus flores ni su identidad. Quienes se acercan a verlos comparten la alegría que produce esta belleza, porque al final donde hay amor hay un hechizo de área de gozo.
Valerme de árboles para hablar sobre amor tampoco es casual. Como los árboles no tienen gónadas, cualquiera puede ponerse en su corteza, sin importar cuántas X o Y lleven en la combinación de cromosomas ni lo que ponga en el DNI.
Y es que lo único realmente necesario para que el amor florezca así es la comunicación, el conocerse; compartir, crecer juntos. A mí, desde luego, me parece magia.
Bonus track: la base musical de esta historia y su inspiración directa es esta versión de la canción tradicional japonesa Sakura. Tomad magia.
miércoles, 28 de noviembre de 2018
Kami y las nueve colas
No sabéis el tiempo que llevo deseando poder escribir esta entrada.
Hace exactamente una semana se puso a la venta Kami y las nueve colas. Es un álbum ilustrado en el que la parte plástica corre al cargo de Zuzanna Celej y la edición es cosa de Pastel de Luna. La historia, obviamente, es mía.
Es un libro muy especial.
Permitidme que os deje aquí cómo empieza:
He sido Ezo mucho tiempo. Todo aquel que se las ha visto con el síndrome del impostor sabe bien por qué Ezo se esconde y también reconocerá lo que pasa a continuación.
Aunque estemos hechos para volar, no podemos hacerlo con los ojos cerrados y las patas encogidas. Las consecuencias de intentar las cosas a medias (quizá, como una forma de protección: si lo intentas a medias y fracasas, siempre te queda el consuelo de no haberlo intentado "bien", de saber dónde está la causa del fracaso... El miedo a no conseguirlo después de haber puesto lo mejor de uno es un obstáculo enorme) pueden ser nefastas.
Así es como Ezo conoce a Kami: al caer sobre ella al intentar volar. Imaginaos envueltos en la vergüenza de haber caído sobre una ardilla y descubrir que tiene nueve colas. Sí, nueve colas. Como los kitsune. Kami no es un zorro, pero eso no importa. ¿Cómo se gana uno cada una de ellas? ¿Qué pasa en todo ese tiempo durante el cual uno se hace viejo y sabio para desarrollar esta última cualidad?
Eso es lo que se imagina y explora en este álbum. A través del Japón mítico y legendario, bebiendo de los cuentos tradicionales (La grulla tejedora), de supersticiones ancestrales (no se habla de la cuarta historia); explorando lugares emblemáticos (Nara, el monte Fuji, el santuario de Ise) y codeándose con criaturas sobrenaturales (la Yukionna, los siete dioses de la fortuna), Kami crece y aprende, en busca de la mano anónima que una vez le prestó ayuda.
La empatía, la compasión y la paciencia son las fortalezas de Kami, los vientos que guían su viaje en busca de su Ítaca particular, haciendo de su periplo uno largo, al final del cual haya dejado un mundo mejor que el que encontró al nacer. Detenerse para ayudar, para escuchar y para acompañar vertebra la aventura, una en la que no hay antagonistas ni enemigos malvados, en la que no hay que luchar contra quien quiere hacerte daño sino simplemente con los propios miedos, con la enfermedad, con los imprevistos... Quizá sea este el aspecto más mítico y legendario de toda la historia: en este viaje no hay que enfrentarse a la maldad, sino a las complicaciones que ya vienen con la vida, que no son pocas.
Explicitar todo esto a los primeros lectores no es necesario. Los más sensibles lo intuirán y lo verán claro al volver al libro, años despues. Los que se queden con las aventuras de la ardilla que no tiene miedo ni frío ni hambre quizá se sorprendan cuando regresen a sus páginas en el futuro, si es que regresan, cosa que no siempre es necesaria. Como mínimo, todos se llevarán una pincelada de mitología japonesa y un soplo lírico, un picorcillo de la emoción de viajar y una semillita de curiosidad.
Ya hablaré en profundidad de cada una de las historias; sobre todo, de la quinta (que habla de amor y es mi favorita) y de la sexta (la más oscura). También de cómo nació y qué la inspiró. Por ahora sólo quiero regodearme en el hecho de que esta historia ha llegado a las librerías y en que las ardillas míticas han comenzado su travesía sin miedo, ni frío. Hambre sí, seguro que tienen, pero eso se soluciona con mucho salmón.
Hace exactamente una semana se puso a la venta Kami y las nueve colas. Es un álbum ilustrado en el que la parte plástica corre al cargo de Zuzanna Celej y la edición es cosa de Pastel de Luna. La historia, obviamente, es mía.
Es un libro muy especial.
Permitidme que os deje aquí cómo empieza:
He sido Ezo mucho tiempo. Todo aquel que se las ha visto con el síndrome del impostor sabe bien por qué Ezo se esconde y también reconocerá lo que pasa a continuación.
Aunque estemos hechos para volar, no podemos hacerlo con los ojos cerrados y las patas encogidas. Las consecuencias de intentar las cosas a medias (quizá, como una forma de protección: si lo intentas a medias y fracasas, siempre te queda el consuelo de no haberlo intentado "bien", de saber dónde está la causa del fracaso... El miedo a no conseguirlo después de haber puesto lo mejor de uno es un obstáculo enorme) pueden ser nefastas.
Así es como Ezo conoce a Kami: al caer sobre ella al intentar volar. Imaginaos envueltos en la vergüenza de haber caído sobre una ardilla y descubrir que tiene nueve colas. Sí, nueve colas. Como los kitsune. Kami no es un zorro, pero eso no importa. ¿Cómo se gana uno cada una de ellas? ¿Qué pasa en todo ese tiempo durante el cual uno se hace viejo y sabio para desarrollar esta última cualidad?
Eso es lo que se imagina y explora en este álbum. A través del Japón mítico y legendario, bebiendo de los cuentos tradicionales (La grulla tejedora), de supersticiones ancestrales (no se habla de la cuarta historia); explorando lugares emblemáticos (Nara, el monte Fuji, el santuario de Ise) y codeándose con criaturas sobrenaturales (la Yukionna, los siete dioses de la fortuna), Kami crece y aprende, en busca de la mano anónima que una vez le prestó ayuda.
La empatía, la compasión y la paciencia son las fortalezas de Kami, los vientos que guían su viaje en busca de su Ítaca particular, haciendo de su periplo uno largo, al final del cual haya dejado un mundo mejor que el que encontró al nacer. Detenerse para ayudar, para escuchar y para acompañar vertebra la aventura, una en la que no hay antagonistas ni enemigos malvados, en la que no hay que luchar contra quien quiere hacerte daño sino simplemente con los propios miedos, con la enfermedad, con los imprevistos... Quizá sea este el aspecto más mítico y legendario de toda la historia: en este viaje no hay que enfrentarse a la maldad, sino a las complicaciones que ya vienen con la vida, que no son pocas.
Explicitar todo esto a los primeros lectores no es necesario. Los más sensibles lo intuirán y lo verán claro al volver al libro, años despues. Los que se queden con las aventuras de la ardilla que no tiene miedo ni frío ni hambre quizá se sorprendan cuando regresen a sus páginas en el futuro, si es que regresan, cosa que no siempre es necesaria. Como mínimo, todos se llevarán una pincelada de mitología japonesa y un soplo lírico, un picorcillo de la emoción de viajar y una semillita de curiosidad.
Ya hablaré en profundidad de cada una de las historias; sobre todo, de la quinta (que habla de amor y es mi favorita) y de la sexta (la más oscura). También de cómo nació y qué la inspiró. Por ahora sólo quiero regodearme en el hecho de que esta historia ha llegado a las librerías y en que las ardillas míticas han comenzado su travesía sin miedo, ni frío. Hambre sí, seguro que tienen, pero eso se soluciona con mucho salmón.
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