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lunes, 24 de abril de 2023

La canción de las Flores Dolientes

Una leyenda, una crónica y un himno que se suceden para guiarnos desde las estribaciones ignotas del cosmos hasta las profundidades insondables del alma humana en una espiral áurea que se convierte en el camino hacia la libertad.

Ahí es nada.


Esto es una bestialidad. No me había metido nunca en una estructura semejante; no me había propuesto nunca antes crear una saga de esta magnitud (no, Mosgaira no es una saga, es un libro muy largo que he tenido que cortar para que fuese manejable). Las tres historias de las Flores Dolientes, aunque formen parte de la misma epopeya, podrían leerse de forma independiente.




Khad: el bastión de los exiliados

Cuando me puse a escribir «La leyenda de la bailarina ciega», toda ilusionada intentando que fuese una historia de terror forestal, no me imaginaba que iba a llegar a donde he llegado. Ya veis; esta novela con su vashi y su hechicera y su clamor por enfrentarse a la tradición y la sociedad es una historia juvenil de las de buscar tu lugar en el mundo y que dicho mundo te dé en los hocicos con la realidad. Es una experiencia iniciática, con sus personajes fuertes, sus bichos extraños y su tonelada y media de magia, que para eso es fantasía. No me imaginaba yo en lo que se iba a convertir ese mundo que estaba creando cuando me diera por hurgar en el pasado del Aedo, de Loba, de Ignoto y de las Aberraciones.


El exterior de la espiral áurea se había trazado: la rebeldía comienza, de forma natural, contra las imposiciones exteriores. A veces no sabemos lo que queremos, pero sí tenemos claro lo que no queremos. No me voy a cansar de repetir que darle patadas a lo establecido a ver si se sostiene es el ejercicio más sano que uno puede realizar desde que la curiosidad por la sociedad en la que vive se despierta. Gracias a la Ilustración y al contradictorio siglo XX, hay algunos lugares del planeta donde puedes decir lo que piensas y pensar lo que quieras y salir vivo de dicha ordalía, aunque no sea gratis.


Acramant: la cárcel de sal

Los primeros borradores de lo que luego sería «Crónica de la Ciudad Baldía» querían ser una historia de zombis. Una vez más, mis intenciones iniciales se quedaron en agua de borrajas en cuanto apareció en personaje de Sueño, que se convirtió en vehículo de una lucha (o varias luchas) de las que iba a tener que acabar hablando tarde o temprano.


Hacía meses que Sueño Caraminth no se miraba en un espejo.

Avanzó lentamente por la penumbra del pasillo, haciendo a sus dedos rozar la pared levemente. Ya no canturreaba. El sonido de sus yemas contra el mortero de sal, junto al susurro quedo del camisón blanco con cada paso, era lo único que podía oír. Eran sonidos inofensivos. No podían convertirse en palabras. No significaban nada.

Cuando llegó a la puerta, se llevó los dedos a los labios y sacó la punta de la lengua para lamerlos, lo suficiente como para saborear la sal que se había quedado en ellos. Se tranquilizó un poco. Había un cierto consuelo en ese gesto, que aún le pertenecía. Le dio la fuerza suficiente como para empujar el picaporte y salir.


Había un ruso deprimido que decía que cada familia es feliz igual pero desdichada a su manera, y otro ruso deprimido (u otra persona humana, no me acuerdo) que decía que era justo al revés; que todos somos miserables igual pero felices de forma distinta. Cualquiera de las dos es muy poética, sí, pero terriblemente generalista. Cualquiera que se haya comido una depresión sabrá por lo que pasa Sueño Caraminth.

Estaba atándome los cordones de las botas en la oscuridad previa al amanecer de Glasgow en un mes infernal en el que no veía la luz del sol de lunes a viernes cuando entendí cómo se enlazaban los Caraminth y sus movidas genéticas, las semillas del Museo y las Aberraciones. Vivo por momentos así en los que todo encaja. Me di cuenta de la magnitud de la historia y cómo estaba todo ahí ya. Vi claro que el oponente natural de la rebeldía tras haberse enfrentado a la sociedad era la familia. Era la evolución orgánica de la historia.

Familia extensa, primos, tíos, abuelos; el amor a pesar de la incomprensión, la impotencia, las rencillas más viejas que el hambre, las consecuencias de los actos de nuestros predecesores... Me sigue pareciendo un milagro lo bien que lo lleva la gente. Lo de las expectativas familiares sí que es una historia de terror.

Esto no me atrevo a llamarlo juvenil. La amargura que destila requiere el desencanto que acaba, precisamente, con la juventud del espíritu. No es el descubrimiento de lo desconocido, sino la verdad tras un hartazgo fruto de la frustración de una madurez decepcionante.

Habiendo desbrozado también esta parte de la senda, no queda más que un obstáculo: el final boss de cualquiera que intente encontrarse a sí mismo de verdad.


Himno: el enemigo en el espejo

El rizo final del interior de la espiral, el más íntimo, el que pudiera parecer más pequeño pero no es en realidad más que una insinuación del infinito: el individuo.


Las fronteras que nos creamos solitos, los obstáculos que nos colocamos en el camino y la ceguera a todo ello son el mayor enemigo al que uno se puede enfrentar. Hace falta una chispa especial para rebelarte contra ti mismo y mandarte al carajo. Duele mucho mirarte en el espejo y descubrir el catálogo de estupideces que has hecho. Lo normal es salir por peteneras, intentar justificarlas o negar la mayor; qué dices, nunca hemos estado en guerra con Eurasia. Los extremos a los que uno llega para no enfrentarse a las consecuencias de sus actos son alucinantes. El miedo, la vergüenza...

Una vez más, es Sueño el vehículo principal al final de este viaje. Estando tan rota como está, llegando a los extremos a los que llega para intentar huir del dolor, logra sin embargo aferrarse a una esperanza terca. No es que sea un modelo de conducta, pero consigue reconocer los cambios de actitud necesarios para salir de su propia zanja y los sigue. Y no es fácil.

Esta iba a ir de pastores y no era parte de la saga siquiera, por cierto, pero en cuanto aparecieron los ratones supe cómo encajaba todo también.

Es una lucha solitaria, algo que nadie más puede hacer por ti. Cuando la tragedia definitiva se abate sobre Arcania, el Sueño quien toma las riendas, a pesar de llevar dos libros quejándose de que si quiere que algo salga bien tiene que ser ella quien se responsabilice del asunto y lo harta que está de ello. Y, para ello, tiene que pasar por enfrentarse a sí misma. Y no es bonito.

No sé si esto acaba bien o no.


Las flores dolientes

Combatimos al Enemigo allá donde esté, en el ser amado y en la inocencia rota.

El Enemigo, en forma de entidades hambrientas que buscan alimentarse a cualquier precio, encarna una serie de terrores que pueden encontrarse en cualquiera: egoísmo, desprecio absoluto por el derecho a existir de los demás, mentiras, manipulación, aprovecharse de la gente, socavar las relaciones interpersonales ajenas, retorcer la realidad... Es un poco bestia, pero terriblemente real, cuando puedes meter en el mismo saco a personas de tu día a día y a dichas entidades cósmicas chungas.

Estamos rodeados de monstruos. Igual somos monstruos también.

Hay una dualidad constante en esta historia, una que se coló también en Libro de horas de las oscuras golondrinas: la que enfrenta dos enfoques posibles a la hora de "combatir al enemigo". La destrucción se contrapone a la enmienda. Es un tema constante en la vida diaria, una decisión que no nos abandona y que hay que tomar a cada paso, ponderando cuándo no vale la pena invertir más esfuerzo y arreglar nada y es momento de optar por la destrucción.

Los hechiceros pueden permitirse el lujo de elegir entre expulsar o destruir, pero una vashi que quiera proteger su bosque, no. Ni aunque se haya criado como trampera del Arte y no mate por razones mezquinas. Los Caraminth, que se han pasado generaciones diseñando protocolos para salar cultivos y quemar ciudades cuando se desata la plaga, guardan sin embargo con celo las últimas semillas de árbol doliente, pese al peligro que suponen. Es Sueño Caraminth quien encuentra la forma de curarlas, y es Sueño Caraminth quien es capaz de imaginar la única salida para que el Duque deje de ser una amenaza.

Es mucho más fácil destruir, sí, pero no tiene por qué ser lo más justo.

La espiral áurea de rebeldía analiza primero y destruye, arregla o acepta según el resultado de ese análisis. La canción de las Flores Dolientes no es más que una historia sobre la vida.


Así que, queridos nematodos, bipedestantes y efímeros mortales, aquí está la saga entera. Que disfrutéis de la lectura.

lunes, 21 de febrero de 2022

Crónica de la Ciudad Baldía

 Pues publico otro libro y me da tantísima pereza promocionarlo que no he hecho ni presentación.


Soy un caos a la hora de escribir. Brújula, dicen. Ni eso. Mis intentos de hacer algún tipo de planificación a base de post-its han sido éxitos relativos; me aburro como una ostra si sé a dónde va a parar la historia. Si encima sé cómo va a llegar allí, apaga y vámonos. Que no, que lo siento; yo escribo para disfrutar del proceso. Morirme del tedio por el camino no es disfrutable.

Tardé un siglo en terminar Tailwhisper porque miraba la escaleta y me aburría. Colega. Al final me cargué un par de capítulos porque con la pereza que me daba escribirlos me dio la sensación de que quien lo leyera se iba a quedar dormido.

Casi todo comienza con escenas sueltas, escenarios, alguna leyenda. Así como esbozos, por el puro jugar con la creación. Tiendo a acabar aglutinando esas escenas/historias independientes en algo más grande, simplemente porque es divertido hacer encajar todo, y porque en ese proceso de encajar salen cosas, me acuerdo de cosas que andaban por ahí escritas, veo si cuadran o cómo se puede hacer que cuadren... Es como para pasárselo pipa. Así, sí. Igual sé cómo van a salir las cosas cuando llevo un 75 % de la historia escrita, y es entonces cuando me posee una furia por terminarlo todo y montarlo porque me hierve la sangre. 

Después va una lectura global detectando huecos (que siempre los hay), cabos sueltos, cosas que faltan que no pretenden ser elipsis narrativas... Tiendo a ir dejando cosas tipo FALTA MUERTE SIESO o FALTA PACO CONTANDO SU VIDA en ese repaso. El 50 % de los "falta lo que sea" nunca llega a ver la luz, porque lo acabo metiendo sutilmente en otras escenas o decido que está lo suficientemente implícito.

Luego eso se queda en salmuera un tiempo. Una lectura allá, una correccioncita por allí. Cuando me he olvidado lo suficiente, viene la Corrección, a sangre y fuego.

El proceso puede llevar entre dos y cuatro años. Hay excepciones, como Golondrinas, que lo escribí en ¿dos? ¿tres meses? en un "no hay huevos" para presentarlo a un concurso que sabía que no iba a ganar, pero oiga, eran tiempos de paro y me podía permitir algo así. No es un proceso rápido. Viridia tardó en escribirse más de una década. Hay cosas que han tardado en escribirse todavía más.

Acramant es un canto a la familia, así en general, con sus luces y sus sombras y sus rayitos de sol con motas de polvo volando a la hora de la siesta. Empezó como una historia de zombis y acabó así, señoras y señores. No iba a ser parte de nada hasta que ese proceso que he mencionado de recorta, pinta y colorea trajo una epifanía en la que vi claro cómo hacer que fuese parte del mismo universo que Khad y la saga de las Flores Dolientes me explotó en los hocicos en todo su esplendor. Madre mía. Me estaba atando los cordones de las botas en un AirBnb en Glasgow antes de ir a trabajar durante un diciembre miserable en el que sólo veía la luz del sol los fines de semana cuando me vino así, en plan inspiración divina, el click. 

Qué queréis que os diga, escribo por esos momentos.

Total, que yo venía a decir que Acramant no fue fácil de escribir y que puede que no lo sea de leer. Quería hablar de muchas cosas (lo de la familia vino tangencialmente): de superstición, de primas, de depresión y hartura de vivir, de mediocracia, de autosabotaje y de la magia de descubrir los redaños que una tiene contra todo pronóstico. Con zombis. Al final tuve que afinar. Los pobres zombis se quedaron un poco por el camino, pero nació Sueño Caraminth, que ahí donde la veis es la piedra angular de la saga de las Flores Dolientes. Qué cosa tan compleja de personaje. Ya la veréis en la última parte de la saga, que no sé si voy a terminar de escribir a tiempo.

Pues eso. Esto sale el día 24. Se puede reservar ya en Amazon la versión digital. Es fantasía rara. Avisados quedáis.

miércoles, 24 de febrero de 2021

La leyenda de la bailarina ciega

Y con esto y un bizcocho, otro libro que sale a la luz.




Es, como casi todo lo que escribo, una novela de fantasía. Para mí fantasía significa magia, todo aquello que está fuera de las reglas de la física de nuestro mundo. Tratar con la magia en la literatura puede servir tanto para crear las reglas de tu propio sistema mágico como para explorar las implicaciones de una magia que no se entiende, que no tiene normas o cuyas normas no se explican, y que por tanto no puede ser domeñada y es mucho más imprevisible.

Situar una historia en un mundo diferente al nuestro también sirve para jugar con la sociedad. Poder crear de cero la historia de una civilización y explorar qué caminos se pueden haber tomado es un ejercicio fascinante y no exento de peligros, ya que tienes que procurar que todo encaje de forma coherente, o te caes con tól artesonao.


La ficción es el campo de pruebas por excelencia para la exploración de los temas peliagudos a los que el ser humano se enfrenta mejor protegido por lo simbólico. Así, la Fantasía, tan denostada como desconocida, invisible aunque dance a plena vista desde los mismísimos comienzos de la literatura universal, es una herramienta y un medio imprescindible a la hora de atreverse a tantear nuevas ideas, nuevos enfoques, nuevos mundos. Puede tanto reflejar de forma cruel y descarnada nuestra realidad actual, haciéndonos apartar la mirada de este espejo con dolor al reconocernos en la crueldad que esgrime, como abrir una ventana a formas nuevas, mejores y más arriesgadas de enfrentarnos a la realidad.



La canción de las Flores Dolientes

En la saga de las Flores Dolientes se reflexiona sobre la búsqueda el camino propio, que no es tan simple como pudiera parecer.

El peso de la tradición no es siempre sencillo de llevar. Es fácil amoldarse a los usos que siempre se han dado sin cuestionarse por qué son las cosas como son, sin plantarse uno a analizar si de verdad es lo mejor, lo más adecuado, lo más práctico, lo más justo. La aprobación del rebaño que no se cuestiona lo establecido es cómoda y plácida.

A veces surgen voces críticas con los usos y costumbres tan arraigados que se dan por sentados; incómodas, incisivas, peligrosas. Los cambios no son fáciles. Tener al lado a alguien que exhibe un criterio propio insultante basado en análisis y razonamientos que los demás han pasado por alto con ahínco resulta, muchas veces, en una cerrazón producto de la vergüenza.

La canción de las Flores Dolientes se entona en estas voces que desafían lo impuesto y que pagan el precio con su sangre, su cordura o su misma existencia. Esta canción se compone de una leyenda, una crónica y un himno que transcurren en un mundo tan olvidadizo como el nuestro, tan ciego a su pasado y tan apegado a la ignorancia que pareciera que la verdad es un veneno que hay que evitar buscar a toda costa.

Este primer volumen, La leyenda de la bailarina ciega, plantea este conflicto desde la mirada de sus dos personajes principales, Ari y Avnia, de las que hablaremos más adelante. Cada una se enfrenta a él desde un trasfondo diferente, a saber: la naturaleza, indómita, y la civilización, que trata de subyugar lo que está fuera de control.


Ari: la naturaleza y sus misterios

Ari se nos presenta en el primer capítulo como una niña que está aprendiendo a cazar con su abuelo. En seguida se nos revela que vive en Khad, un bosque vasto lleno de criaturas tanto conocidas como extrañas, con las que los humanos que viven en sus lindes, los tramperos, se relacionan de forma diferente dependiendo de en cuál de las tres facciones hayan nacido.

Las tradiciones de estas tres familias están bien establecidas, parecen inamovibles y antiquísimas. Ari pertenece a la familia de los tramperos del Arte, que se precian de ser capaces de desarrollar trampas con las que atrapar cualquier criatura sin hacerle el menor daño, sólo por el orgullo y prestigio que proporciona el ser capaz de hacerlo, los años de práctica que se requieren y la habilidad que hay que exhibir para conseguirlo.

Los tramperos de la Carne parecen menos románticos y se dedican a cazar toda pieza comestible que el bosque pueda ofrecer para comérsela. Los tramperos de la Sangre buscan en sus capturas la piel, para poder venderla, así que aprecian mucho las técnicas de los tramperos del Arte para conseguir la mejor calidad posible, pero obviamente los tramperos del Arte los desprecian por lo que consideran avaricia como motivo último de sus trampas.

El bosque, en sí mismo, es un entorno que se entiende como tan hostil como hospitalario para los habitantes de sus lindes. Conocerlo y respetarlo es un todo, pero no se puede conocer del todo un lugar tan grande que no se ha podido cartografiar aún. No hay más que leyendas sobre lo que aguarda en el corazón de Khad y lo que le pasa a quien se adentra en él. Se dice también que el tiempo es distinto en Khad, pero nadie tiene una explicación clara de qué significa eso. Hay versos sobre las vashie, pero tampoco nadie ha visto una en centurias.

La biodiversidad de Khad es el único misterio que la civilización está consiguiendo, poco a poco, desentrañar. Los padres de Ari trabajan en la universidad catalogando las especies que se van descubriendo en Khad; las habilidades de los tramperos del Arte para estudiar las criaturas son imprescindibles. Encontramos bestias conocidas, como los lobos, pero también un sinfín de seres que nos resultarán extraños: las garmotas, los gunda, los carebos, los cunis...

La inspiración para todos estos bichos ha venido de los bestiarios medievales y sus representaciones creativas de las criaturas tanto reales como inventadas. Un oso puede ser tan fantástico como una leucrota para un señor del siglo XI.



Es también en Khad donde se cuenta la leyenda que da título a este libro, y que explica por qué la luna cambia de posición en el cielo cada noche. Es posible que descubramos, a lo largo de la saga, cuánto tiene de verdad.


Avnia: la civilización y sus peligros

Avnia se nos presenta en el capítulo III lavando sábanas para subsistir en una ciudad extraña, a pesar de ser una hechicera formada en Hésteiggat, Arcania. Que levante la mano quien no conozca a alguien que terminó una carrera que le apasionaba y ha acabado trabajando de algo completamente distinto -y, potencialmente, subcualificado- para poder ganarse la vida después, al menos durante un tiempo.

Se nos dice que la falta de trabajo para los hechiceros radica en la desaparición de las aberraciones. Sin embargo, Avnia no se conforma y se adentra en la tundra, a pesar de que se dice que “fuera del Imperio no hay nada”. El pequeño gesto de Avnia, desafiando lo que “se sabe que es así”, es suficiente para desencadenar los acontecimientos que constituirán el núcleo de la saga.

Avnia, además, sabe lo que hace. Es competente y tiene ese impulso perfeccionista de hacer las cosas bien simplemente porque no hay otra forma de hacerlas. Su empeño sistemático en descubrir los problemas, encontrarles soluciones y ponerlas en práctica es fruto tanto de su entrenamiento como de su carácter, y es también muy “civilizador”: el poder hacerse cargo de los problemas otorga una falsa sensación de poder que puede derrumbarse al enfrentarse a lo que no se puede controlar, ya sea lo desconocido o la naturaleza salvaje.



Avnia se desenvuelve bien en el entorno lleno de reglas y protocolos donde ha estudiado, y precisamente porque lo conoce bien es capaz de romper con las normas cuando es menester. Sin embargo, se encuentra subyugada por quienes se han valido precisamente de ese mundo civilizado con sus mecanismos burocráticos para expandir una visión del mundo y la realidad que puede que no sea del todo verdad. ¿Es cierto que detrás del Imperio no hay nada? Será cuestión, también, de que lo descubráis según avance la lectura.



Magia

Me he acercado a la magia en esta novela desde los dos extremos del espectro, con la curiosidad de cómo podía hacer convivir los polos opuestos en la misma historia.

El primero es la magia académica, la que los hechiceros aprenden, investigan y desarrollan en Arcania, en un entorno académico y estructurado, casi burocrático. Es un sistema mágico nacido de una necesidad muy específica, la de sellar aberraciones, criaturas de otro mundo que se cuelan en éste creando el caos, para a continuación destruirlas o devolverlas al lugar del que proceden. Este sistema está basado en runas y matemáticas.

Tenemos la primera muestra en el capítulo V y, obviamente, veremos cómo se desarrolla más adelante. No he de decir nada más porque sería destriparlo. Digamos simplemente que la geometría es mucho más apasionante que el “base por altura partido por dos”.



El otro extremo del espectro lo representa la magia agreste y obscura de Khad, que te llena de preguntas para las que no hay respuesta sistematizada. ¿Qué es lo que acecha en el bosque? ¿Qué significa exactamente que el tiempo es distinto en Khad? ¿Por qué?

Explorar la reacción humana ante lo que no se puede explicar es bastante intuitivo, porque es lo que hemos hecho como especie durante milenios: inventarnos leyendas, dioses, explicaciones salidas de la imaginación para intentar ordenar el mundo en el que vivimos. Consuela pensar, a la hora de enfrentarse a una tormenta, que hay un dios cabreado lanzando rayos: es una respuesta. Como humanos, nos angustia muchísimo no saber lo que está pasando, hasta el punto de que preferimos una mentira o una fábula a aceptar nuestra ignorancia sobre el tema, porque nos deja completamente desvalidos ante lo desconocido.

Este ansia por respuestas lleva, paradójicamente, a establecer un vínculo con las explicaciones que nos inventamos -o las mentiras que nos cuentan- feroz. Cuando por fin aparece una explicación veraz a un misterio -¿cómo se transmite la peste bubónica?- la gente tiende a quedarse con la respuesta conocida, sea el castigo divino o cualquier otra historia peregrina como los “malos aires”, antes de aceptar las explicaciones de la ciencia, por ejemplo.

No hay que irse a la fantasía para encontrar ejemplos de esto, no hay más que encender la tele y poner el telediario.

Así, y de forma orgánica y sencilla, es muy fácil empezar a imbricar estos dos extremos a la hora de acometer la magia. Colocar a Avnia, con sus runas y sus polígonos, en mitad de Khad con todos sus misterios, es un experimento la mar de jugoso. ¿Podrá responder Avnia las preguntas que plantea el bosque? ¿Se enfrentará ella misma al horror de lo desconocido?

Obviamente, para descubrirlo tendréis que leerlo. Y me temo que tendréis que esperar al resto de la saga para encontrar el desenlace.

El último punto en este apartado sobre la magia es, como no podía ser de otra manera, la música. La música, al fin y al cabo, está sometida también a las leyes de la física -que se lo pregunten a los constructores del teatro de Epidauro- y puede traducirse, en cierta medida, en matemáticas. Que algo a priori tan frío e inamovible como las matemáticas se pueda entretejer con la música, que tiene tanto de alma y pasión para ser verdad, es un concepto fascinante que no podía faltar en esta historia donde la civilización y el orden danzan en armonía con el caos y la libertad del mundo salvaje.




Recapitulación

La leyenda de la bailarina ciega se adentra en lugares donde el tiempo es distinto y las leyes de la física se subyugan a otros poderes a los que no se puede poner nombre. Los cuentos son el poso de la memoria de un pasado terrible; la Historia misma ha servido a quienes la escribían para olvidar y hacer olvidar. Esta desmemoria colectiva disfrazada de conocimiento fiable despliega su peligrosidad a la luz de quienes se atreven a cuestionarla, desde el bosque a la tundra, con sus voces disonantes capaces de destapar realidades incómodas.

Esta novela es, en definitiva, el comienzo de la saga, que establece el punto de partida. En ella, el ser capaz de cuestionarse lo establecido y decidir si lo que se ha hecho siempre es lo adecuado para uno mismo es el eje principal en torno al que giran el resto de los elementos que he ido mencionando.

¿Os ha despertado la curiosidad? Pues aquí podéis haceros con esta historia: