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domingo, 7 de septiembre de 2025

Urboja cumple una década


En el Thrais adoptaron gozosamente a la Enéada, ya que reconocieron en el Dios Azul y la Diosa Velada a Rado y Vora, sus dioses mellizos, los que tejen el tiempo a base de hilos entorchados con los sueños que recolectan en los niños de corta edad.

Hay muchas canciones en el Thrais que hablan de ellos, pero quizá la más famosa sea la nana de Rado y Vora, que trata de persuadir a los pequeños para que se duerman lo más rápido posible. Esto es comprensible, ya que se cree que los niños dormidos están a salvo de Khardärago, el Dios Hambriento, a quien en Larda llaman Urboja; mientras los cachorros sueñan, Rado y Vora están cerca, y la temible deidad ávida no puede acercarse a ellos.
 

Se cree, además, que el tiempo cesará si los niños dejan de soñar,

ya que Rado y Vora no tendrán hilo

con el cual dar forma a un nuevo año.



Esta historia es un tapiz. Una urdimbre de mitos, de leyendas en vías de creación, de la humanidad que les da forma.

Siempre me ha intrigado ese momento en que se da forma a la leyenda, ese en que se crea el mito. Hay alguien en la puerta de la cueva y está cayendo una tormenta del quince y de ahí hemos saltado a dioses cabreados directamente y, como te descuides, a religiones. ¿Qué hay de verdad detrás de cada historia que la humanidad se ha contado para explicarse lo que no se puede explicar? Es como para obsesionarse.

Como es muy poco probable que pueda descubrirlo en la vida real, queda la especulación ficticia, que viene a ser exactamente lo mismo pero sin opción (espero) a que se lo tome nadie como verdad universal. La vaga idea que tenía de qué significaba en realidad la historia de Trevia (más bien, de Saya) evolucionó luego a La canción de las Flores Dolientes (y de qué manera).



Si hay algo que me chirría de ciertas formas de aproximarse al género fantástico es lo cerrado de los sistemas de magia y creencias. Tiende a reventarme la suspensión de la incredulidad porque es muy... fácil. No funciona así. La mitología grecolatina es un cacao lleno de contradicciones y la egipcia tres cuartas de lo mismo. El sincretismo se suele dar de lado.

Hace diez años que se publicó esta historia con sus dioses y entidades que se llaman de diversas formas en distintos lugares y se asimilan a conceptos ya existentes, con sus pobres mortales inmiscuyéndose en los avatares sobrenaturales en esa fina línea donde se arriesgan a convertirse en leyenda. Las particularidades de la vida, como el amor y la muerte, se cuestionan y exploran desde la inocencia de Saya; los adultos, en sus respuestas a veces contradictorias, prueban que esa forma que tiene de crearse el mito no es más que el reflejo de la imposibilidad de la propia humanidad para ponerse de acuerdo en lo más cotidiano.


Fue una sorpresa para mí que la nominaran a los Premios Ignotus 2016 en categoría de novela corta. Guardo esa nominación como un tesoro, la verdad. En estos diez años, la vorágine de títulos que se publican cada año y la cacofonía de las redes sociales han aumentado casi exponencialmente. Esa nominación, además de un reconocimiento, me hizo sentir vista. Como que existía, vamos.

Aquí estoy, diez años después, reivindicando esta historia atemporal. No nació para seguir ninguna moda ni para encajonarse en ningún anglicismo-etiqueta. Nació de un no hay huevos ("Anda que no molaría mezclar el diálogo platónico y una partida de D&D") y dio pie a un universo entero. Las preguntas de Saya no caducan. El dolor de Trevia no caduca. Es una lectura que, además, cambia según el momento vital en que la leas.

Así pues, os invito a celebrar su década leyéndolo. Y, por qué no, dedicándole una reseña. Y que sea lo que Ella quiera.




sábado, 26 de marzo de 2022

De retelling, inseguridad y hacer justicia a la propia obra

Voy a ir al infierno del SEO y me da igual.

Pues me he visto el musical nuevo de Andrew Lloyd Webber. Se llama Cinderella, parece ser que está basado en el libro de una señora y la música y los decorados y el baile y las interpretaciones y el vestuario son la repanocha en vinagre. Sin embargo, lo habría disfrutado mucho más si en vez de llamarse "Cinderella" se hubiese llamado, yo qué sé, "Braulia".

No eres Cenicienta. Te mereces tu propio nombre.
Qué pena que tus creadores no confíen en ti.


Y os voy a explicar por qué


Aquí Neil Gaiman viene a decir que a los fans de algo (vamos a poner aquí gente que lee "Cinderella" y viene esperando encontrarse con la historia de Cenicienta) les gusta el material original y que, cuando haces una adaptación, si se te va la mano igual a los fans no les gusta porque te has cargado precisamente lo que les gustaba.

Cenicienta tiene un tropo explotado hasta la saciedad que satisface las fantasías de un chorroporciento de la población a la hora de dejar la mierda atrás.

Es una buena persona maltratada injustamente que acaba encontrado su lugar en el mundo, reconocida y amada. Se ha acometido desde ángulos innumerables: la fea a la que peinan y quitan las gafas y resulta que ya no es intranscendente, la Susan Boyle que guardaba un vozarrón detrás de su aspecto de señora rara, incluso la Arya Stark (de la serie) cuyas cualidades no encajaban en su mundo y acaba salvando el culo a todos haciendo justo aquello por lo que la habían regañado de pequeña.

El arco de Cenicienta tiene cierto aire de redención, sobre todo para la gente que maltrata/ignora a la "cenicienta" de turno y se acaba dando cuenta de lo superficial que ha sido.

Teniendo eso claro, os voy a contar la historia de Braulia, que mola una gónada de dracónido, por cierto.


La historia de Braulia

Pues hay un pueblico turístico gobernado por una reina que vive de ser pintoresco y poético y sus habitantes colaboran a saco con la causa, porque les va el pan en ello. El Principón, heredero al trono, anda desaparecido en combate contra un dragón y la monarquía pasa por horas bajas, porque la alternativa es su hermano, un tirillas que no tiene glamur para atraer turistas. Un dramón.

Así empieza la historia. La reina va a inaugurar una estatua del Principón, a ver si ganan también este año la estrella Michelín el premio Labordeta La insignia Tripadvisor el galardón nosequé de pueblo pintoresco, pero al descubrirla -en mitad de una canción donde no pierden oportunidad para explicar lo decepcionante que es el tirillas- resulta que alguien le ha pintado un nardo.

Sí, hay chistes de falos ya a los cinco minutos de obra.

Madre mía. Obviamente, no ganan el premio. ¡No vendrán los turistas! ¡Nos moriremos de hambre! ¡El paro, la inflación! Solo hay una persona tan egoísta como para haber hecho algo así: la Braulia. 

En la siguiente canción, proceden a contarnos que la Braulia no colabora para nada en el rollo de la pintorisquez del pueblo, se viste como le da la gana, no se lava, es disruptiva y se cree mejor que los demás. Es bastante significativo que nos expliquen su actitud. Obviamente, hay que castigarla, porque se ha cargado la economía del pueblo. Aquí ya se va a la mierda el tropo cenicientil porque estamos ante una moza que no es buena. Ha pintado el nardo por las risas. Es muy rebelde y mucho rebelde y se piensa las consecuencias de sus actos exactamente cero segundos. No hay ninguna injusticia en ir a decirle de qué vas, plexiglás. La ha liado parda.

Sí, hija, lo que has hecho es muy mezquino.

Por cosas del guion que vamos a catalogar como "agujeros", tras una canción en la que se gloria de lo malota y lo mejor que los demás que es (muy poco cenicientil esto de ser una creída mezquina), acaba atada a un árbol y viene a rescatarla su amigo de la infancia, que no es otro que el tirillas. (A nadie parece extrañarle después que se haya escapado del árbol, pero bueno). Es muy no como las otras chicas, que es algo que me da una urticaria especial.

Total, que se nota que hay tema. El tirillas tiene cierta conciencia de que el futuro del reino estará en sus manos algún día. Es evidente que al tirillas le mola la Braulia, por razones que se escapan a mi comprensión: no tiene intereses aparte de ser malota y mucho malota, no es ni amable ni buena (que es lo que despierta la simpatía por Cenicienta en los demás) y no hace más que meterse con él. Ah, y se burla del amor continuamente, diciendo que el matrimonio es para los imbéciles y que enamorarse es de tontos del higo.

Esta alhajita con dientes vuelve a su casa con su madrastra (una Señora) y sus hermanastras (que juntan tres neuronas entre las dos, pero son monísimas). La madrastra, aparte de tenerla esclavizada, le explica un poco que lo que ha hecho tiene consecuencias bastante chungas y Braulia se medio disculpa, pero no parece que entienda muy bien el nivel de cagada que ha cometido por hacerse la malota y reírse de los demás. En serio, ¿le cae bien a alguien esta niña?

Resumamos: a la reina lo único que se le ocurre para atraer el turismo otra vez es montar una boda real. Sí, casar al tirillas. Le monta un baile YA para que elija novia y se casen al día siguiente y vengan hordas de visitantes a comprar souvenirs. El tirillas va y le insiste a Braulia para que vaya al baile con evidente intención de elegirla. No hace falta ni que te vistas, ni que te pintes, ni nada. Pero, claro, la muy lerda es demasiado malota y guay para admitir que siente nada por el tirillas siquiera. La madrastra, que es una Señora y la ha pillado en el bosque con el tirillas, le va tirando pullitas antes del baile y a la Braulia no se le ocurre otra cosa en un venazo que irse a comprar un vestido. En serio, la madrastra es la única que le dice las cosas a la cara a la copito de nieve.

En la tienda hay una señora que canta muy bien una Madrina que la convence con una canción muy guay de que se haga la estética así en diez minutos y acaba convertida en Miss Superchupi. Como pago, le pide un colgante de su madre que parecía ser importante para ella pero no duda en soltarlo para hacerse el cambio de imagen. Va al baile. El tirillas la está esperando, pero no la reconoce y ella se dedica a vacilarle. Quien la reconoce es la madrastra, que no pierde tiempo en azuzar a una de las hijas para que le meta al tirillas la lengua hasta el corvejón antes de que den las doce. Cuando la Braulia ve el beso, obviamente forzado por la hermanastra, le da un paraflús. El tirillas suma dos más dos y se da cuenta de que la Braulia es la Braulia y se disculpa ante ella, pero ella se agarra el canasto de las chufas y se pira del baile. Razonable, la niña.

Qué largo está quedando esto. La madrastra pilla por banda a la Braulia después, ya casi antes de la boda, y le dice que es una cenutria por no haber sido razonable y escuchado al tirillas. Gracias, señora. Media hora de malentendidos después, el Principón reaparece con su novio, se suspende la boda del tirillas y la hermanastra, fiesta en el pueblo, el tirillas y la Braulia se fugan juntos.

Mira, no tengas los huevos morenos de llamar a esto "Cenicienta" porque no es Cenicienta.


La epidemia del retelling y el Bajo Imperio

El retelling, el coger una historia conocida y hacerle un par de cambios que le dejen al público el culo torcido sin alterar lo que viene a ser la esencia de esas historias, es un arte muy complicado. A Neil Gaiman se le da muy bien. Terry Pratchett tenía su propio estilo de hacer una cosa parecida a los retelling que te dejaba yendo a comprarte un sombrero para poder quitártelo ante él. Se empezaron a hacer populares hace unos diez años y la gente, perspicaz como siempre, hábil como ella sola en el arte de confundir la velocidad con el tocino y pasarse de frenada, se ha subido al carro sin tener ni puñetera idea de qué es un retelling, qué es un fanfic, qué es una versión y, aparentemente, sin creerse que puede escribir su propia historia.

Me da penica que tanta gente se dedique a hacer "retelling" cuando claramente les sobran las ideas para contar una historia original. Problema: si saco un musical llamado "La Braulia" va a atraer menos público que si lo llamo "Cenicienta". Esto de tener la jeta y la inseguridad de ampararse bajo un título conocido para hacer caja a costa de los logros ajenos ya me parece bastante rastrero, pero es que lo que hay detrás es desolador: es no creerse que las historias propias valen lo suficientemente la pena para estar al mismo nivel de las anteriores.

Sí, estoy mirando a la serie de Amazon de El Señor de los Anillos, con responsables que claramente tienen ideas a cascoporro para un mundo de fantasía que obviamente no responde a las reglas minuciosamente establecidas por Tolkien para el suyo pero que también tienen tan poca fe en ellas que no se atreven a venderlas por sí solas y las han metido con calzador tras el paraguas de una saga reconocida con la que no tienen nada que ver para vender más. Yo con esta cobardía es que no puedo.

Lo mismo va para los de The Watch.

En serio, la historia de la Braulia merece ser contada, escuchada y entendida, porque trae un mensaje bastante necesario y profundo, pero es tristísimo tener que esconderlo detrás de "Cenicienta". Si se hubiera llamado "La Braulia" y hubiera ido acompañado de "una deconstrucción de la Cenicienta donde no hay ni prueba del zapato" estaría aquí yo hoy piando sus logros, pero titularlo como otra historia QUE INVITA A PENSAR EN UN CUENTO INFANTIL y empezar hablando de nardos y seguir con una cantidad per cápita de señores a medio vestir y reinas viejovérdicas es jugar con las expectativas del espectador y, hasta cierto punto, timarlo. También es, precisamente, infravalorar el potencial y la fuerza de la historia de la Braulia.

La reina para nada objetizando a los señores.

Esto de andar rebuscando y remozando lo que hicieron los que vinieron antes de nosotros no es nuevo, ojo. Ya pasaba en el Bajo Imperio. El famosísimo arco de Constantino no es más que un collage con relieves anteriores porque no había nadie a la altura. Ni este sabor de mediocridad hemos inventado nosotros.

¿Sabéis qué Cenicienta recontada es Cenicienta hasta las trancas, tiene una personalidad gloriosamente definida, los ovarios bien puestos y hace de su bondad un arma poderosísima? La versión con personas de Disney. Es la mejor versión de Cenicienta. Esta sí que da lo que promete.



Larga vida a la Braulia

La historia de la Braulia (de esta "Cenicienta") se habría resuelto, como tantas otras cosas, con un gabinete de psicólogos haciendo una intervención ante todo el elenco en los cinco primeros minutos, pero bueno. Moza que no es como las otras chicas se da cuenta de que es una inmadura egocéntrica que no sabe escuchar y solo el buen fondo del chaval que le mola le da otra oportunidad para hacer bien las cosas.

Tan especial que se cree y, tras pintar el nardo, la historia podría haber transcurrido sin ella, porque quien salva el culo al tirillas es el Principón apareciendo en el último momento. Lo único que hace entre medias es el merluzo, pero cómo molan las canciones.

No sé a quién tengo que agradecerle que las intérpretes de Braulia Cinderella sean dos señoras rubenescas, gloriosas intereses románticos protagonistas, y que se hagan exactamente cero menciones a su talla en toda la obra. Gracias. Se puede. Larga vida a la Braulia.


Moraleja

Llevamos más de dos mil años haciendo retellings de movidas griegas. Desde la Ilíada ("gente mu terca hace cosas horribles por lujuria") a la Odisea ("alguien las pasa canutas hasta llegar a su destino"), pasando por Perseo ("alguien se somete a pruebas hasta rescatar a la princesa") y Perséfone ("cómo gestiono que mi marido y mi madre se lleven a matar yahoo respuestas"). Mirad, todo es un retelling.

Lo triste viene de esta falta de autoestima general, de refrenarse con la propia creación para intentar venderla tras el nombre famoso y conocido. "Mazapán en Invernalia" va a vender más que "Mazapán de EsteSitioQueMeHeInventado". Es un arma de doble filo, como este Cinderella, cuyo título crea unas expectativas que no se ven satisfechas ni de broma y cuya amargura empaña en disfrute de una historia que se merecía su propio nombre, no la sombra triste de una "madrina" que no necesitaba.

Sed valientes. Hale, hasta la próxima.

sábado, 15 de diciembre de 2018

La quinta historia de Kami

Se ha quedado un día estupendo para hablar de la quinta historia.

Es mi preferida, porque habla de amor. Creo que esto va a estar sembrado de spoilers de Kami y las nueve colas, así que seguid leyendo bajo vuestra responsabilidad. A continuación, una ilustración así enorme para evitar que nadie se trague ninguno por accidente.



¿Ya? Bueno, pues hablemos de amor.

Vamos a remontarnos un poco en el tiempo. Os recomiendo que repaséis esta entrada llamada Mono no Aware, en la que comento cómo Jesús despertó en mí la fascinación por la cultura nipona. Considero que una de las facetas imprescindibles del amor es compartir y compartir implica, obviamente, comunicación.

No es una idea nueva en mi obra. Ya en La suerte del Dios Hambriento queda bien claro:



Esta quinta historia crece sobre esta idea: el amor es comunicación. Nuestro pequeño cerezo está demasiado lejos del ciruelo como para hablar con él, y... Tampoco se atreve. ¿Y si el ciruelo no siente lo mismo? Al principio del relato, el cerezo prefiere la esperanza a arriesgarse a una certeza que puede que no le guste. Es el mismo fondo del no intentarlo del todo por si fracasas de Ezo del que hablábamos en la primera entrada sobre Kami.

No, no es casualidad que los personajes llamados Ezo y cerezo breguen con el mismo problema.

Kami se convierte, en esta historia, en el canal de comunicación entre el cerezo y el ciruelo. A través de la ardilla, crece su amor: crecen las ramas del uno hacia el otro hasta entrelazarse. Cuanto más se desarrolla este ramaje, más fácil le es a Kami saltar de uno al otro, mejor fluye la comunicación. Se crea, al final, un arco de ramas entretejidas, en el que juntos han creado algo precioso, sin perder ninguno el color de sus flores ni su identidad. Quienes se acercan a verlos comparten la alegría que produce esta belleza, porque al final donde hay amor hay un hechizo de área de gozo.



Valerme de árboles para hablar sobre amor tampoco es casual. Como los árboles no tienen gónadas, cualquiera puede ponerse en su corteza, sin importar cuántas X o Y lleven en la combinación de cromosomas ni lo que ponga en el DNI.

Y es que lo único realmente necesario para que el amor florezca así es la comunicación, el conocerse; compartir, crecer juntos. A mí, desde luego, me parece magia.

Bonus track: la base musical de esta historia y su inspiración directa es esta versión de la canción tradicional japonesa Sakura. Tomad magia.

domingo, 6 de mayo de 2018

De nanas, arrullos y melodías

Aquí en el terruño se celebra hoy el día de la madre. Nosotros, que como humanos nos hemos liberado del yugo de la biología, sabemos que ser madre no se restringe a gestar descendencia. La maternidad es otra cosa: es cuidado, preocupación, inversión de tiempo, amor.

 

Tengo la opinión impopular de que va siendo hora de aunar el día del padre y de la madre en el mismo y dejarnos de zarandajas asociadas a tradiciones religiosas o al tipo de gónada que gasta quien cuida, se preocupa y ama a su progenie, pero supongo que ya llegará.

Como hace 150 años que comenzaron las relaciones diplomáticas entre España y Japón, me apetece hablar un poco a vuelapluma de canciones de cuna niponas hoy. Admitámoslo: gran parte de lo que es cuidar a una criaturita indefensa es conseguir que se duerma. Y que coma, pero para eso suelen usarse onomatopeyas de aeronaves, no música.



Itsuki no Komoriuta. Es una nana tradicional de la ciudad de Itsuki, en la isla de Kyushu. Tiene una melodía preciosa y, como buena canción tradicional, en cada casa se canta de una forma. Se supone que se "redescubrió" en los años treinta, después de haber caído en desuso, pero a lo que vamos aquí es a la letra de la versión moderna: viene a ser un lamento terrible de la nodriza/niñera que cuida de los hijos de quienes son más ricos que ella, lejos de su familia, hasta que lleguen los festivales de verano. Cual personaje de Dickens, se lamenta de que no es más que una mendiga harapienta por la que nadie llorará cuando muera, deseando que cuando fallezca la entierren junto al camino para que los viajeros puedan dejar camelias sobre su tumba.
Que sí, que es una nana.



Takeda no Komoriuta. Esta es otra nana preciosa que va de lo mismo, aunque la letra es un poco menos desesperada. El exilio por motivos económicos, la nostalgia del hogar... Cualquiera que haya estado fregando suelos lejos de su casa puede sentirse identificado. Me sorprende/choca un poco, una vez más, que sea una nana.

Me voy a poner un poco mística aquí: supongo que los bebés, que no son verbales, sienten al escucharlas lo mismo que un occidental que no habla ni una palabra de japonés. Yo, desde luego, al escucharlas por primera vez me quedé prendada por la belleza de la melodía y nada más. Luego buscas traducciones y se te cae el alma a los pies: es un poco el proceso de "crecer". Es como la vida, que te deslumbra con sus colores en la infancia y, según la vas entendiendo, descubres el lado oscuro y doloroso que se imbrica con su belleza. Quizá este tipo de nana sea un aprendizaje, o incluso una metáfora vital involuntaria.





 Canción de Tanabata. No sé si es una nana, canónicamente, pero su melodía (y, esta vez, su letra) invitan a acurrucarse en un regazo protector y dormirse mirando las estrellas. Además, va de Tanabata, que es una historia a la que estoy especialmente unida.

Cantad a esas pequeñas criaturitas indefensas que criáis. Aunque no tengáis oído, eso da igual: es una voz de la seguridad dedicando su tiempo y mimo, y eso se siente perfectamente. Ya habrá tiempo de que crezcan y no quieran estar en brazos. Además, las rutinas para dormir se convierten en un momento mágico para crear vínculos: nanas, cuentos, abrazos. Crear recuerdos bonitos con vuestra progenie y progenitores es el mejor regalo que os podéis hacer.

lunes, 13 de febrero de 2017

De hadas, oni y misterio legendario

Hay un cuento (o leyenda, o historia, o narración) japonés que fue, sin duda, la estrella del cuentacuentos infantil que hice en su momento. 

Habla de un señor con una verruga muy fea (o un lunar, o un forúnculo, o cualquier otra excrecencia) en la cara que se topa con una tormenta y una tropa de oni (llamémoslos ogros, seres sobrenaturales en cualquier caso) que empiezan a bailar y a los que se une, sin poder resistirse. Los oni disfrutan tanto con sus pasos que le piden que vuelva a la noche siguiente y se quedan la verruga/lunar/forúnculo en prenda para asegurarse de que sea así. El hombre vuelve a casa y le cuenta la historia a su mujer y ésta, a su vez, a su vecina. La vecina, cuyo marido tiene también un regalito divino en la cara, se lo transmite y este va en busca de los onis, que no distinguen un humano de otro y se creen que es el anterior, hace un baile penoso, y los onis no quieren verlo más, así que le "devuelven" el forúnculo, con lo cual vuelve con doble gracia a su casa. 

Son unos bichos preciosos.


Es una historia tremenda. Te enseña que nunca sabes cómo vas a salir airoso de una situación y que lo que le funciona a otras personas a ti no tiene por qué irte bien (hola, progenitores del mundo empeñados en que sus niños sean/hangan x). Y, cuando se la cuentas a los críos, da muchísimo juego: bailar como un ogro y hacer un poco el cafre es una de las aficiones preferidas de los cachorros de todas las edades. 

Hace unos días me topé con esta leyenda, que parece ser oriunda del sur de Irlanda. Es la misma leyenda de los oni, "irlandizada": con jorobas en vez de con verrugas y con hadas en lugar de oni, pero mantiene exactamente lo mismo. Incluso lo de volverse con dos regalitos por el precio de uno. 

 Ven, que te concedo un don...

Me llamó muchísimo la atención, dado que Japón e Irlanda nunca se han caracterizado por sus estrechas relaciones folclóricas. Los antropólogos o etnólogos o quien sea que se dedique a estudiar estas cosas igual están más acostumbrados a encontrarse la misma historia en lugares tan alejados geográfica y culturalmente. ¿Una leyenda deriva de otra leyenda? ¿Cómo? ¿Ambas nacen de una leyenda común, a medio camino, en Eurasia? ¿Es un esquema narrativo que nació espontáneamente en ambas culturas? 

Los cuentos están vivos. Nos dan forma y les damos forma. De alguna forma, se las apañan para estar llenos de misterio, aunque no versen sobre él.

lunes, 9 de enero de 2017

Mono no aware

 Cosas bonitas que ha dado Japón: grabados.

Hace cosa de una década (qué vértigo da pensarlo, madre mía) a mí el rollo niponófilo me daba bastante cosica. Partamos de que me crié con los animes que echaban en las recién nacidas Antena 3 y Tele 5 (cuando el simbolito de esta última era una especie de flor, parecida a la galleta del surtido Cuétara que nadie se come) y Chicho Terremoto me daba un asco que no puede transmitirse con medios mortales. También, por aquella época, echaban Humor Amarillo. Que sí, que era muy divertido, pero mi primer contacto con lo japonés me dejó con la idea de que eran una panda de colgaos masocas y pervertidos que sólo habían dado una cosa buena: los Caballeros del Zodíaco.

Moraleja: exponed a cosas a los niños, que si no crecen perdiéndoselas.

Fundido en negro. Saltemos un par de lustros adelante. En mi adolescencia, después de tragarme Bola de Dragón entera y algún que otro anime de esos de palos parlantes o de coña como Ranma o Reena y Gaudy, descubrí cuál era mi problema con ese tipo de animación: no se toman en serio a sí mismos. Carecían de solemnidad. Me molestaba personalmente que se lo tomasen todo a coña.


Mi exposición a la cultura japonesa, basada en lo que echaban por la tele, me predispuso a mirar con una ceja enarcada a las personas humanas que me encontrase y manifestase algo tipo "a mí es que me fascina Japón". O-key. 

Moraleja: si tenéis niños/adolescentes cerca, EXPONEDLOS A COSAS.

Un día probé el sushi y flipé pepinillos. Bueno, flipé salmón con salsa de soja, pero bueno. La comida me quitó algo de recelo y me hizo darme cuenta de que, como mínimo, había cosas de Japón que no sabía. Tampoco hice mucha intención de acercarme a la parte de su cultura que no se masticaba. Otro mazazo gordo a mis prejuicios lo supuso ver La Princesa Mononoke. Eso sí que fue algo de ojiplacitez.

Una historia solemne. Una historia que se alejaba de lo grotesco. No había coñas. Había magia, y monstruos, y un bosque, y malos con chicha, y unos bichos en el bosque que...

KODAMAS.

Quisieron los hados que poco después entrase en mi vida Jesús. Fue la primera persona que me habló de Japón y con la que, a media conversación, no me encontré enarcando la ceja, sino intrigada. Me mostró la faceta de Japón que nunca había llegado a mí: la tradición, la poesía, la melancolía. Mira que yo ya llevaba un cuarto de siglo largo en esta tierra y nadie antes me había contado Japón de forma que se me despertase el gusanillo.* Y qué gusanillo.

Valga esta entrada como agradecimiento para Jesús por abrirme la puerta a un mundo que me ha llenado de felicidad. Él es la razón última por la que acabé desarrollando el Ciclo de Cuentos Nipones, y también quien propició que me acercase al folclore japonés en busca de todo lo que atesora. Las personas así hacen que el mundo sea un lugar mejor.

Fundido en negro. Dejamos de hablar de mi experiencia para pasar a la vuestra, oh inocentes lectores que no sabéis lo que viene a continuación.

Jesús Díez, la misma persona que me trajo -además de otra infinitez de cosas que no hay palabras para expresar y que, de haberlas, no cabrían en todo internet- la fascinación por la cultura nipona ha compuesto un disco que os la va a traer a vosotros, si no la sentís ya.

Voy a empezar con dos palabras: Japón y Metal. 



El disco se llama Mono no aware, un concepto tan triste como precioso. Como el mismo Jesús explica perfectamente:

Mono no Aware brings powerful symphonic metal 
together with Japanese traditional instruments
in a unique and thrilling musical journey 
through the melancholic fleeting beauty of existence.

¿Qué vais a encontrar en él? Una diosa de gran poder y belleza. A don Quijote de la Mancha. La preciosa historia del amor de Tanabata. La hermosa semblanza de los cerezos. Estrellas. Ímpetu creativo. Mil grullas de papel y esperanza más allá del miedo. Le hace a la música lo que Tolkien le hacía a la poesía: convertirla en un universo.

Cuando me encuentre capaz, escribiré en condiciones sobre el disco. Mientras, escuchadlo. Dejad que os descubra un universo nuevo, como hizo conmigo, y disfutad de un mundo mejor.




*Gusanillo en este contexto implica un bicho del tamaño de Smaug.